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Estados Unidos tendrá el presidente que se merece

La Casa Blanca. Pixabay

Quedan ya solo dos días para las elecciones.

Hace cuatro años, el partido demócrata prácticamente celebraba el triunfo de su candidata Hillary Clinton semanas antes de la importante cita democrática. Clinton iba a convertirse en la primera mujer en ocupar la presidencia de Estados Unidos, y prometía cuatro años en los que el gobierno demócrata podría, esta vez con la ayuda de al menos la Cámara de Representantes, presentar proyectos de ley que concretaran las órdenes ejecutivas promulgadas por el presidente Barack Obama en Sanidad o Inmigración, que no pudieron convertirse en ley bajo un presidente con las manos atadas por un Congreso de mayoría republicana dispuesto a hacerle la vida imposible.

Hubiera celebrado en 2016 Estados Unidos dos victorias sociales consecutivas: el primer presidente negro y la primera mujer al mando del país. Dos grandes hitos en su historia.

El personaje de Donald Trump aparecía en aquel momento para muchos como el salvador de una América que se estaba volviendo demasiado progresista: primero negros y luego mujeres en el poder. ¡Dónde vamos a parar!

Tras cuatro años con el rabo entre las patas, aquellos que no se atrevían a hablar en público sobre su odio racista hacia el presidente Barack Obama, encontraron finalmente su voz en el magnate neoyorquino, quien prometiendo terminar con la corrupción en Washington, apelaba a los miedos menos justificados de la población blanca y conservadora, ofreciendo una alternativa a un rumbo que ponía en peligro su hegemonía.

Muchos se sintieron identificados con las palabras del candidato republicano que hablaba sin tapujos. Querían volver al pasado, al trabajo en las fábricas, en las minas, en las granjas. Muchas amas de casa sin preparación que se veían de alguna manera amenazadas por las nuevas generaciones de mujeres con estudios ocupando puestos importantes, encontraron un alivio en el discurso del septuagenario, que prometía la América del sueño americano de los 60. Sueño para muchos, pesadillas para otros que vivieron esa década oprimidos por la segregación racial; mujeres que luchaban por salir adelante con maridos que no les permitían abrir una cuenta bancaria, trabajar o comprarse un coche. Un mundo blanco, para gente blanca. Un mundo machista, para hombres y mujeres inseguros.

Cuatro años después, la sensación de déjà vu es aterradora y este martes Estados Unidos elegirá al presidente que se merece.

Trump podría ganar

Cierto, cierto: Trump no ganó el voto del electorado general en 2016. Los estadounidenses eligieron a Hillary Clinton para que liderara el país por una diferencia brutal, tres millones de papeletas de ventaja para la candidata. Sin embargo, el sistema electoral de Estados Unidos que asigna un número de votos específicos, de delegados por estado, puso en  lugar de la candidata más votada a Donald Trump en la Casa Blanca.

Las cosas claras: ese es el sistema, y aunque se ha hablado miles de veces de cambiarlo, al final, a los políticos parece no interesarle, y entre elecciones pierden una cantidad enorme de tiempo buscando alterar los límites de los distritos, para granjearse el necesario apoyo cuando lleguen las elecciones, ya sean locales, estatales o nacionales. Se llama gerrymongering.

Pero mientras las cosas estén de esta manera, el candidato que quiera ser presidente tiene que asegurarse 270 de los 538 posibles ‘puntos’.

Eso quiere decir, que aunque en las encuestas nacionales Joe Biden, exvicepresidente durante la Administración Obama,y actual candidato a ocupar la Casa Blanca, vaya por delante, al final todo se reduce a un número de estados que tienen más ‘puntos’ y que no se acaban por decidir. Y en esa carrera, a dos días de las elecciones, no hay nada claro. Es más, la posibilidad de que Trump se quede en Washington otros cuatro años, no es en absoluto descabellada. El presidente en su ardua campaña preelectoral ha conquistado nuevamente los corazones de quienes nunca le han abandonado, y es en cierta medida, todo lo que necesita para volver a jurar su cargo en enero de 2021.

“Trump es la mejor opción”

Trump ha vuelto a utilizar su mejor arma: el miedo. Si bien en las elecciones pasadas, todavía existía un cierto pudor a la hora de admitir que los candidatos son seres humanos y cometen errores, esta vez las cosas son muy diferentes. El juego ahora es tan sucio, que todo vale, y lo peor, a nadie le resulta chocante.

Estos cuatro años, han demostrado que el presidente Trump puede hacer cualquier cosa, decir cualquier cosa, violar cualquier ley, y no pasa nada. El peligro es real, Trump está cada día más cerca de convertirse en un princep romano, en un dictador.

Sin embargo, los estadounidenses se sienten tan seguros amparados bajo su Constitución que no temen el fin de la república, de la democracia en su país. Y, al igual que ha pasado en tantas otras naciones, el día que se den cuenta de que ya están en esa situación será demasiado tarde para remediarlo.

Aún así, hay algo que los estadounidenses sí ‘entienden’. Especialmente aquellos que vivieron el miedo durante la Guerra Fría, entre ellos Donald Trump. El terror a la amenaza roja, a los comunistas con sus amenazas nucleares. Aquellos monstruos que iban a comerse a los niños, y terminar con el cosmético (si bien poco realista) sistema de vida americana.

Hasta cierto punto tienen razón, el sistema capitalista no se puede mantener en la sociedad actual sin abrir aún más la brecha entre ricos y pobres. Estos cuatro años, lo han demostrado, los ricos son más ricos, todos los demás son más pobres. Un cambio es necesario, pero sin llegar a ser radical, al fin y al cabo, si algo hay que envidiarle a los americanos es su desdén a vivir del gobierno, y el apoyo a los emprendedores. Pero el presidente ha utilizado el miedo para crear incertidumbre, y para muchos indecisos, ante el cambio, Trump frente al “hombre del saco Biden” es la mejor opción.

El factor Biden

Hay quienes opinan que Biden no es el mejor candidato para el partido demócrata. En mi opinión, sí lo es. Los demócratas estadounidenses están unidos en el frente contra Trump, su voto ha estado decidido desde hace cuatro años, y a excepción de Alexandria Ocasio-Cortez, que es un mundo aparte y está perjudicando a su partido en aras de hacerse un nombre para su futuro político, cualquier candidato demócrata es bueno para los demócratas. Pero ese no es el voto que buscan, ese ya lo tienen. El esfuerzo ahora es para, y volviendo al principio de este artículo, conseguir el de aquellos que siguen pensando que un hombre de color o una mujer presidenta no son buenos para el país. En ese sentido, Biden no representa una amenaza, es una figura ‘amigable’, no se sienten tan incómodos votando por él por muy anodino que sea. Esos son los votos que necesita el partido, y por un candidato más liberal, ningún republicano arrepentido, conservador indeciso, iba a votar.

Los próximos cuatro años

El futuro de Estados Unidos se decide la próxima semana y con el de la nación norteamericana, el del resto del mundo.

Si el presidente actual continúa en la Casa Blanca saldrá reforzado en estas elecciones, y de cualquier manera, gane o pierda, buscará conseguir el perdón presidencial para él y su familia. No olvidemos que hay decenas de casos en los tribunales contra él, que van desde fraude, investigaciones por evasión de impuestos y acusaciones de violación. Donald Trump debe más de 400 millones de dólares que tiene que pagar en los próximos cuatro años, y necesita desesperadamente continuar en su posición aforada para posiblemente no terminar en una cárcel federal. Es posible que incluso necesite más tiempo y ya en varias ocasiones ha ‘bromeado’ sobre la idea de cambiar las leyes para poder ser reelegido más allá de los ocho años que establecen las normas presentes.

Para todos aquellos, sobre todo los que han vivido malas experiencias con dictadores socialistas en Latinoamérica, es entendible su temor a un presidente con tendencias liberales. Pero Estados Unidos no es Venezuela, ni Cuba. El partido más liberal sigue siendo para los estándares europeos, un partido conservador, y Trump tiene más en común con Maduro, Duterte, Kim Jong-un y Bolsonaro, que Biden. Y dicho sea de paso, ningún interés en los asuntos más al sur de su muro en la frontera.

Cuatro años más con Trump suponen otros cuatro años sin un plan para reformar el sistema sanitario, para inmigración, y definitivamente para controlar la pandemia, bajo un presidente que piensa que ya es cosa del pasado. Su reelección significa otros cuatro años de aislamiento internacional para Estados Unidos, casi un lustro de alejamiento de políticas medioambientales de cara a un futuro económico sostenible con energías limpias y renovables: una clara oportunidad para ponerse a la cabeza y liderar la tecnología del futuro. Cuatro años dando la espalda a sus aliados en el mundo, a las organizaciones supranacionales que aspiran a crear una sociedad más justa, solidaria y sensata, y cuatro años más de división en un país que ha perdido el rumbo.

El hecho de que a dos días de las elecciones todavía no se sepa quien va a ganar, dice mucho, y cuando se hayan contado todos los votos, Estados Unidos, tendrá, para bien o para mal, el presidente que se merece.

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