Sociedad

«El siglo XXI empezó en 2020. Y, o nos salvamos juntos, o esto es la selva»

El director general de Tráfico, Pere Navarro. Sergio Méndez

“Me iba a poner corbata, pero me dijeron que en Santa Cruz no se lleva. Que es demasiado formal”, dice bromeando el director general de Tráfico, Pere Navarro, que lleva pañuelo, modernas gafas de pasta transparentes y aire de bohemio catalán que se sabe socarrón e ingenioso. Ingeniero industrial de formación, está en su segunda etapa al frente de este departamento, después de los siete años que estuvo durante el Gobierno de Zapatero. El pasado fin de semana vino a Tenerife para participar en un foro sobre movilidad en el Parlamento canario y para presentar un sistema de señalización de tramos peligrosos para motociclistas.

-¿Cómo está la seguridad vial aquí, en la isla?

“Pues mire, en esta provincia hay 28 muertos por cada millón de habitantes, mucho mejor que la media de España, que es de 37. Están ustedes por delante de Alemania o Reino Unido. Aunque en España somos buenos en general. La media de la UE es 51. Estamos por delante de Francia o Bélgica. Aquí, el problema es que 20 de los 100 tramos de alto riesgo para motoristas en carretera secundaria de todo el país están en la provincia de Sta Cruz de Tenerife. Hay mucha carretera sinuosa. No hay circuitos donde la gente pueda ir a desbravar, como en la Península. Vamos a señalizar esos tramos peligrosos, en todo el país, indicando el número de víctimas que ha habido en los últimos años”.

-De 2014 a 2018 hubo un aumento en el número de víctimas de accidente de tráfico. ¿También fue una consecuencia de los recortes?

“En los años en los que subieron las víctimas, no se tomó ninguna medida con impacto, no debió ser un tema prioritario. En seguridad vial, para bajar, hay que tomar medidas, como el permiso por puntos, la reforma del Código Penal, poner radares o bajar la velocidad. Si no lo haces y no mantienes el debate, te suben los accidentes. Está todo inventado”.

-Pero la situación ha vuelto a cambiar, ¿no?

“Sí, en 2019 hubo 1.755 muertos por accidente de tráfico, el mínimo histórico. Y este año van a ser menos por la pandemia. Aun así, es un disparate tantos muertos. ¡¡Y 8.600 heridos graves hospitalizados!! De aquí a unos años vendrá otra generación y dirá: ¡¿Cómo fue posible que conviviesen con esa sangría?!”

-¿Cuál es la tendencia de los accidentes en general?

“Están bajando los de vehículos de cuatro ruedas, pero están subiendo en las ciudades. El año pasado, la mayor parte de las muertes fueron de vulnerables [peatones, ciclistas o motoristas] La seguridad de las carreteras y los vehículos ha ido mejorando, pero en las ciudades, se está complicado la cosa: peatones, ciclistas, patinetes, motos, coches, furgonetas, distribución de mercancías… Por eso estamos pasando de hablar de seguridad vial a movilidad segura. Es una tendencia europea. En cuanto a la causa, el motivo principal desde 2016 son las distracciones. Y eso tiene un nombre: Whatsapp. Tenemos que concienciarnos de que el móvil y los mensajes son un cóctel peligrosísimo. Por eso hemos hecho campañas y tenemos 216 cámaras de alta definición controlando”.

-Con usted me ocurre una cosa rara: no recuerdo a su antecesor cuando llegó con Zapatero. Ni a su sucesor en la época de Rajoy. Le ha dado usted visibilidad a este cargo, ¿no?

“Yo ya me había jubilado. Pero continuaba vinculado a la seguridad vial. En enero de 2018, di una conferencia explicando qué había que hacer para bajar los accidentes. La verdad que me la preparé bastante bien. Y entonces fue el cambio de Gobierno y me llamaron. Yo pensaba que era para unos meses y llevo ya dos años. Conclusión: no hagas planes, la vida te sorprenderá”.

-Ha sido disruptivo e innovador, ¿no teme perder la frescura con tanto tiempo en el cargo?

“Mi cuota de vanidad personal la tengo ya superada. Me puedo permitir el lujo de hacer lo que me gusta y de trabajar en lo que me gusta. Y casi, casi, de decir lo que me apetece. Casi, casi, no todo…”

-Recordando aquellos anuncios tan impactantes que usted promovió para concienciar sobre los accidentes de tráfico, ¿ve algún paralelismo con lo que habría que hacer para advertir sobre el el covid-19?

“En aquella época, nos decían: ‘Ah, pero ¡¡qué anuncios haces!!. Son durísimos’. Nosotros siempre contestábamos: ‘La realidad es más dura’. Para hacer frente a un problema, hay que ponerlo encima de la mesa en toda su crudeza. Hay que explicar qué está pasando en las UCIs, que el entierro es con tres familiares, que no te puedes ni despedir, que la gente se ahoga, que ahora tenemos entre 150 y 200 muertos todos los días. Por coronavirus. Pero luego están los otros, los diagnosticados con cáncer a los que no se les ha podido hacer el tratamiento porque estaba todo el sistema estaba ocupado por el covid-19. En realidad, el ciudadano sabe que esto es un palo, que es duro. Y que lo que toca es remangarse y sacrificarse. Y sabe también que hay una situación económica complicada. Como dijo aquel: sangre, sudor y lágrimas”.

-Parte del éxito de su gestión fue endurecer las sanciones por los incumplimientos en la carretera. ¿Hay que ser duro para concienciar a la gente?

“La política de seguridad vial es una ecuación de formación, información y vigilancia del cumplimiento de la norma. La condición humana es la que es. Si no hay control y sanción, esto no funcionará. Pero si no has explicado y formado a la gente, cuando sanciones, habrá rechazo ciudadano”.

-¿Cree que la pandemia va a ir en contra del transporte público, que es un elemento fundamental para las políticas de movilidad sostenible?

“Yo creo que existen varios vectores emergentes en la dirección contraria: primero, hay muchos mayores en España. Y caminan, por prescripción médica o por razones de salud. También usan mucho el transporte público. Son nueve millones y medio, y votan, así que van a condicionar la agenda política. Cada vez van a ser más importantes los desplazamientos a pie: la acera la quiero para mí, no quiero bicis ni patinetes, necesito que el semáforo me dé más tiempo para cruzar, no quiero obstáculos… Otro vector son los jóvenes, que vienen con la cultura del medio ambiente y la seguridad vial incorporadas. No están dispuestos a negociar. El aire lo quieren limpio y con el medio ambiente no se juega. Y así como nosotros hemos estado diciendo: ‘Bueno, es solo un accidente…’, ellos dicen: ‘No, esto es impresentable”.

-De hecho, se sacan menos el carnet, no?

“En la gran ciudad. En el resto, sigue siendo imprescindible. Pero si en mi generación era básico tener coche por el estatus, a ellos les importa un pepino la propiedad, quieren usar el coche, no comprarlo. En su ADN llevan incorporado el compartir. Bien sea el patinete, la bicicleta o el coche en el blablacar. Todo eso va a cambiar la movilidad”.

-¿Y qué hay que hacer con el coche en el centro de las ciudades?

“Hemos de garantizar que se pueda entrar y salir de la ciudad a 50 km/h. Dentro de las ciudades, debe haber unas vías circulares o bulevares que redistribuyan el tráfico. En cuanto salga uno de ahí, el tráfico tiene que ser más calmado, a 30 km/h. A 50, si atropellas a alguien, hay un 90% de posibilidades de que lo mates. A 30, hay un 10%. Pero luego, uno no va a poder estar dando vueltas dentro de la ciudad en coche, que es un vehículo muy pesado e ineficiente para mover a una sola persona. Además, no hay espacio para tantos coches. Todo esto va a ser sustituido por taxis, furgonetas, motos compartidas, bici compartida y transporte público. Esto es un poco lo que viene…

¿Y cómo disuadir a la gente para que no utilice el coche?

“En Londres llevan muchos años con el peaje. En Barcelona, el precio del aparcamiento es muy disuasorio, también hay control de emisiones”.

-Aquí tenemos un problema de movilidad terrible, pero nadie se atreve a tomar medidas relevantes para frenar el uso del coche…

“Las cosas empiezan en las grandes ciudades y luego se van extendiendo. Yo creo que el siglo XXI ha empezado en 2020. Con la pandemia han bajado los desplazamientos, han aumentado el teletrabajo y la flexibilidad horaria, los municipios están aprovechando la bajada de tráfico para hacer carriles bici o ampliar aceras. En este contexto, se trata de identificar el mundo que viene. Es una oportunidad, el que teníamos era divertido, lo pasamos bien, ¿verdad? Pero no era sostenible. Ahora viene una corrección. Vuelve la importancia de la sanidad pública, de la educación. Después de Thatcher, Reagan y el ultraliberalismo, yo creo que regresa algo de sentido comunitario: o salimos todos o, si solo nos preocupamos de cada uno, esto es la selva…

-¿En el tráfico también?

“El tráfico es tener claro que no estoy solo, que tengo que aprender a compartir la vía pública con los demás, que hay unas normas que nos hemos dado que, si todas las cumplimos, salimos ganando. Si impera el individualismo y el egoísmo, esto es el caos, todos vamos a salir perdiendo”.

 

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