Tenerife

Memoria viva entre retales

La vista de Ascensión no se aparta de sus manos que tejen, sin prisa pero sin pausa, una braga de cuello color roja para Raúl, su bisnieto de trece años. Fran Pallero

“¿Me acordaré?”, duda Ascensión al preguntarle cuáles son sus apellidos mientras teje a dos agujas una braga de cuello color rojo para Raúl, su bisnieto de 13 años. Por momentos se equivoca al colocar los puntos, pero su hija Vidalina la ayuda y continúa, sin prisa pero sin pausa, concentrada, con la vista clavada en su tejido.

Su vida transcurrió entre retales, hilos y lanas de diferentes tipos y colores, que la acompañaron desde pequeña y a sus 101 años lo siguen haciendo. La costura, el calado y el tejido han sido y son su gran pasión.

Ascensión nació un 3 de mayo de 1919 en La Orotava, en el barrio de Los Pinos, al límite de La Florida. Tiene una manos seguras, seducidas por las agujas, que envidiaría cualquier modista o zurcidora actual.

Gran parte de su vida giró en torno a La Casa de los Balcones, considerado el verdadero templo del calado canario en la Isla y uno de los principales atractivos turísticos de la Villa. Allí vendía sus calados y los trajes de magos que confeccionaba.

Actualmente, este inmueble del siglo XVII combina arquitectura, historia, tradiciones, folclore y productos artesanales donde poder disfrutar no sólo de sus famosos calados sino, además, de la una singular casa-museo en la que destacan el patio, típicamente canario, con su gran balconada en las dos últimas plantas.

Las mujeres han dominado el hilo y la aguja desde el principio de los tiempos y Ascensión es un buen ejemplo. En su caso, “le metía mano a todo”, porque cosía desde ropa para hombres y trajes de novias hasta trajes típicos canarios y lo hacía a escondidas de su familia, que trabajaba en el campo.

Pero ella siempre fue “medio rebelde” y no se quiso dedicar a la agricultura, solo ayudar cuando había mucho trabajo en la finca familiar, en la que cultivaban papas, trigo, cebada y millo y también tenían cabras, conejos, gallos y gallinas. “Eso de llenarme de tierra no me gustaba. Además, terminaba toda molida y a veces iba y se reían de mí”, bromea.

Ascención Delgado Sálamo pasó por dos siglos, -el XX y el XXI- dice orgullosa, la Guerra Civil, vivió la Segunda Guerra Mundial, la República, el franquismo, la transición y finalmente, la democracia.

Es la única que queda de cinco hermanos, de cuyos nombres se acuerda a la perfección por orden cronológico de nacimiento. “Piedad era la más vieja, Jose, Candelaria y Antonio. Todos han muerto menos yo, así que por algo me tienen aquí”, bromea, porque si hay algo de lo que puede presumir Ascensión es de tener mucho humor.

¿Su secreto para vivir tantos años? “Ni yo misma lo sé”, responde. Por unos instantes piensa en voz alta y minutos más tarde llega a la conclusión de que ha sido un conjunto de factores: disfrutar de la vida; desayunar gofio con leche de las cabras que había en su casa y que ella misma ordeñaba; comer “todo lo que es del campo”, como gofio, potajes, papas guisadas y frutas “y un vasito de vino de vez en cuando”. Y por supuesto, amar lo que hacía, que era calar, coser y bordar.

Fue Esperanza, una tía de su madre que vivía en el Camino El Sauce, la que la adentró en el mundo de la costura con apenas nueve años. Y desde entonces no paró. Se levantaba, cosía y aprovechaba para hacer pilladas “y ruindades” con Concha. Luego almorzaba y se iba al colegio del barrio, ya desaparecido. Dice que le gustaba mucho aprender “y aproveché todas las oportunidades porque mi padres podían”, cuenta e inmediatamante recuerda a Mercedes Gutiérrez, su maestra.

Francisco, los bailes y las parrandas

Después de coser, calar y bordar, su gran pasión ha sido bailar y las parrandas. Allí conoció a su esposo, Francisco, quien formaba parte de una y lo acompañó siempre a todas las actuaciones que realizaban porque tenía un grupo folclórico con tres amigos. Él tocaba todos los instrumentos de cuerda; la bandurria, indispensable en cualquier parranda y rondalla, la guitarra y el timple, y con él aprendieron muchos jóvenes del municipio. A ella le gustaba seguirlo para ir a bailar, “salir de casa y cantar serenatas en los cumpleaños. Y lo pasábamos bien”, recuerda.

Su noviazgo fue interrumpido por la Guerra Civil, ya que Francisco estuvo primero destinado en la Península y cuando terminó, lo enviaron a Las Palmas. Se escribieron durante casi siete años “y también peleábamos por carta, porque él a veces pensaba que estaba con otro”. Se refiere a su ahijado de guerra “un palmero que “le escribía mucho, dos o tres cartas por semana”.

Eran muy común en esa época las madrinas de guerra, mujeres que mantenían correspondencia con los soldados para animarlos e incluso había quienes les mandaban regalos.

Al regresar Francisco a la Isla, Ascención lo estaba esperando. Prepararon la boca, se casaron y tuvieron dos hijas, Vidalina y Montse. La primera reside en La Orotava y la segunda, en Los Cristianos. A ella le gusta vivir la mitad del año con cada una. Cuando el frío empieza a ser insoportable en la Villa, se va al Sur, donde el tiempo es más cálido, y viceversa, en los meses de verano, en los que el calor aprieta, vuelve al Norte.

Asegura que los trajes de magos los confeccionaba en una semana y otra tardaba en bordarlos, una tarea muy laboriosa. “Estaba hasta las tantas de la noche, a veces hasta las cuatro de la mañana” y su padre le llamaba la atención porque se tenía que levantar temprano a trabajar y le molestaba la luz. Pero Ascención tenía recursos para todo, un sobretodo negro colocado en la ventana y se acabó el problema.

Vidalina heredó su arte de bordar trajes y bustillos pero incorporó la máquina. Igual que su madre, lo hace en su casa.

Carnavales

Su progenitora siempre fue una mujer muy sana. Tiene una chispa envidiable y una elegancia innata. Le encantaba disfrazarse en Carnavales. En una ocasión, en plena guerra, y pese a que estaba prohibido, se vistió de hombre, entusiasmada por una vecina y casi termina en la cárcel. A las seis de la tarde empezaron a caminar “por allí arriba” y a saludar a todo el que pasaba, hasta que un vecino se lo contó a un policía, Cipriano, “un hombre mayor que estaba como jefe”. A las diez de la noche, fueron a su casa “en lugar de ir a lo de Chana que fue la que me obligó”, apunta. Su padre se enfadó, pero al final, como eran “medio familia”, decidieron olvidar lo sucedido aunque ella no oculta que se llevó un buen susto.

Sin embargo, nunca le quitó las ganas de disfrazarse. Tras la guerra se dio el lujo de hacerlo a gusto y aprovechaba las reuniones familiares. “Todos los trapos que me prestaban me los echaba encima”, añade.

“¿Nos damos la mano?”, pregunta al terminar la entrevista. A Ascención le gusta recordar tiempos pasados entre retales, hablar de sus seres queridos y de todo lo que disfrutó. “Todo eso es historia”, apunta. Quizás por eso no comprende que hay cosas simples del presente, como darse la mano o un beso para despedirse, que son casi imposibles, sobre todo en tiempos de Covid-19, una pandemia que ella ni nadie termina de entender.

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