Cultura

“Si un humorista tira la piedra y esconde la mano, el golpe no es bueno”

Cuando actúa, no finge. Gregorio Figueras, la Fefa de Piedra Pómez, se transforma por fuera, no por dentro.  

-¿Cuándo fuiste consciente de que lo de la pandemia iba en serio, que no era una broma? 
“Recién jubilado, me fui a La Gomera con un amigo y a la semana siguiente apareció el primer caso [el positivo de un turista alemán, confirmado el 31 de enero]. Después viajé a Madrid. Era la semana del 8 de Marzo. Mis hijos estaban allí. Lo pasé muy bien. La verdad es que al principio creía que era como una gripe”.  

-Un catarrillo…
“Cuando llega el invierno, yo me refuerzo a base de vitaminas. Sin que nadie me lo diga. Casualmente, en enero, más o menos, subí la dosis por recomendación de mi dentista: vitamina B para los huesos. Todo el mundo hablaba de eso. ‘¡Ya están metiéndose con los chinos!’, me dije. Antes de la manifestación, regresé a Gran Canaria con mi hija y mi hijo se quedó allí. Estando con unos amigos en una casa de Tejeda, uno de ellos, Luis, se puso malo.  Pero, nada. Nadie sospechaba que iba a ser la última fiesta hasta la fecha. Mi hija volvió a Madrid el domingo y el martes estaba aquí otra vez. El viernes nos confinaron. No sé si me tocará. De momento, lo he esquivado”.  

-Bueno, más de treinta años contagiando alegría junto a Paco Santana…
“Sí, llevamos 33 años contagiando alegría”.  

-¿Eso qué es, vitamina je?
“Vitamina je, je, je [risa]. Luego viene el punto G. Eso es una vitamina y un desguace. ¡Una sobredosis te mata!”. 

-¿La g o la jota?
“La g. La jota lo que te hace es bailar [carcajada]”. 

Que nos quiten lo bailao!
“Ja, ja, ja…”. 

-¿Un humorista que tira la piedra y esconde la mano es realmente de fiar?
[Risa prolongada] “Si tira la piedra y esconde la mano, el golpe no es bueno, tío”.  

-¿Cómo brotó el germen de la vis cómica?
“Primero se dieron cuenta mis amigos. No buscaba hacer reír a la gente. Me divertía yo y los demás también”. 

-Más vale caer en gracia que ser gracioso…
“Suele ocurrir. Los refranes tienen su porqué”. 

-¿Te has metido en la piel del personaje en sueños?
“No, nunca. Generalmente, son sueños disparatados. Me cuesta levantarme. Cada vez, menos. Saltaba de la cama enfadado con la vida”. 

-¿Trastornos oníricos? 
“Es que me gusta dormir”. 

-¿Te has desvelado a las 3: 33, la hora del misterio?
[Risas] “No madrugo tanto. Lo que se me pone mucho de frente es el número 17. Miro la hora, ahí está. En la pantalla del móvil aparece repetidamente: 9:17, 5:17, 17 mensajes… Es constante. Curiosamente, era el de mi padre”.  

-De tal palo, tal astilla…
“Mi padre era muy gracioso. Que, en los años cincuenta, un militar se ocupara de las tareas domésticas era rarísimo; tanto que la gente no se lo tomaba en serio. A los hijos nos sacaba de paseo, tranquilamente. Era un hombre muy cariñoso. Y vivido: se mamó dos guerras. De vicio, porque yo le dije que no fuera. Tenía un sentido del humor maravilloso, genial”.  

-¿Dónde solías ocultar la hoz y el martillo?
“No hacía falta. Cuando se murió Carrero Blanco [en un atentado], mi padre fue al aeropuerto a buscarme vestido de militar. Salí de La Laguna huyendo de la situación”.  

-Se comprende que él conocía tus tendencias políticas…
“Sí. Respetaba muchísimo, absolutamente. Mi hermano mayor era anarquista y estuvo quince años en Inglaterra. No hablaba de la guerra en serio, sino en broma, de cachondeo. Ni siquiera fue herido. Falleció a los 86 años”.    

-En una función, ¿la frescura del artista transmite al público la sensación de que está en un mercado de abastos?
“Eso está clarísimo. Así como Paco tiene una cultura teatral importante, yo soy más de calle: me miran y se echan a reír.  No es culpa mía”. 

-¿Llegas a notar si se ríen contigo o de ti?
“A mí no me importa. Mientras se rían, no me pegan [risa]. Me gusta vacilar con las cosas de la vida y el lenguaje me encanta, mucho”.  

-¿La letra con risa entra?
“Sí, sí, sí… Mis alumnos lo han pasado mejor conmigo en clase que actuando. En Telde te podrán contar. Por ejemplo, hablando del cambio climático, les encargué que resumieran en una palabra la consecuencia de quedarnos sin glaciares”. 

-¿Se quedaron helados?
“Nadie respondió. ¡Con lo fácil que es! Si no hay glaciares, somos unos desglaciados”. 

-Salieron calentitos…
“Las clases no eran aburridas. De hecho, había alumnos de fuera que acudían de observadores. ¡Una satisfacción!”. 

-En una playa de callaos, ¿las palabras se ahogan en la orilla?
“Se oye el murmullo del agua. Y no me entran ganas de orinar, sorprendentemente”. 

-El agua del mar induce a la reflexión, ¿no?
“Sí, señor. Efectivamente”. 

-¿Has chocado contra una farola cuando vas pensativo?
“¡Bueno! Yo, sí. Y lo primero que hago es mirar si alguien lo ha visto”. 

-Si se enciende de la luz, es una buena señal…
“¡Eso sería el chollo!”.  

-¿La felicidad es una suerte de lotería que, cuando toca, dan ganas de repartir millones de gracias?
“Para mí, la sonrisa es un premio. Pocas veces no he sido agraciado. Actuando o no, yo soy así normalmente. Me estoy divirtiendo igual. Reconozco que cuando se trata de política o de discusiones sobre asuntos delicados me pongo nervioso y quizá resulte antipático”. 

-El buchito de café es más largo en Ríete tú… 
“Es diferente a lo que hacemos habitualmente, una comedia de situación. ¡Estupendo!”. 

Sioni y Fefa (Piedra Pómez). / DA
Sioni y Fefa (Piedra Pómez). / DA

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