Cultura

“En España ni se ama la cultura ni se ama el talento; lo único que importa es el postureo, y eso nos ha llevado a un estado de indigencia”

Juanma Bajo Ulloa participa en el Festival de Cine Fantástico de Canarias Isla Calavera. / Sergio Méndez

Juanma Bajo Ulloa (Vitoria-Gasteiz, 1967) participa este domingo en Multicines Tenerife, en La Laguna, en un encuentro con el público del Festival Isla Calavera (11.00 horas). El realizador vasco, que se halla en Tenerife para presentar su nueva película, Baby, en la muestra cinematográfica dedicada al género fantástico, habla en esta entrevista con DIARIO DE AVISOS de un film que prescinde de los diálogos para narrar un cuento gótico sobre una mujer que intenta solventar un error y se adentra en una pesadilla. Pero además, en esta conversación Bajo Ulloa denuncia el totalitarismo comercial que a su juicio impera en el mundo de la cultura y, por extensión, en el del audiovisual. Una denuncia que refleja su defensa de la libertad creativa y, en suma, no hace sino poner de manifiesto un profundo amor al cine.

-¿Tuvo claro desde un principio que para contar la historia de Baby debía prescindir de los diálogos o fue una necesidad que se fue imponiendo a medida que la película iba tomando forma?
“Al escribir un guion, si la historia es cierta, es decir, si es honesta y sale de un lugar desde el que necesitas expresar algo, cobra vida y te pide cosas. Baby pedía llegar a la esencia: algunas localizaciones, algunos decorados, algunos personajes desaparecían, igual que lo hacían los textos. Quería hacer una película puramente cinematográfica. A menudo veo largometrajes en los que parece que sus autores temen que el público no entienda. Desconfían de los espectadores y usan los textos de un modo redundante. Eso me molesta como espectador. Así que unir la esencialización del guion y el deseo de homenajear al cine puro me llevó a la conclusión de que la película no necesitaba texto. Las acciones hablaban por sí solas. Por otro lado, eso la ha convertido en una película internacional. En cualquier país la van a entender exactamente igual que en Tenerife”.

Baby es un cuento para adultos lleno de símbolos, que es algo que me gusta como espectador”

-¿Cómo aborda el proceso de creación? ¿Hay mucha distancia entre esas primeras ideas y lo que vemos finalmente los espectadores en la pantalla?
“En cada ocasión es diferente. Cuando hago un videoclip, por ejemplo, puede pasar solo una semana entre que lo empiezo y lo acabo, de manera que recuerdo muy bien cómo era el origen. En cambio, con una película me puedo tirar tres o cuatro años, o diez, entre que se origina y la veo terminada. Me resulta muy difícil conectar con ese sentimiento original. Sobre todo porque yo voy cambiando. Ya no soy la misma persona que empezó Baby en 2016 y ese cambio también se fue incorporando a la película. Tampoco olvidemos que se trata de una obra conjunta y, por tanto, en Baby está también la esencia de las actrices, de los músicos que han creado la banda sonora y de la propia imagen, la fotografía. Hay muchas personas que han incorporado su talento. La película ya no es mía, es de un montón de gente. Hasta de los festivales que la programan. Y cada uno de los espectadores crea a su vez una narración… Todo eso no estaba al principio. En ese momento únicamente estaba yo”.

-Si entendemos Baby como un cuento gótico, ¿cuál diría que son las cuestiones de las que nos habla, por encima o por debajo de la trama que nos presenta?
“Narrativamente es una película muy sencilla. No requiere ningún esfuerzo del espectador. Simplemente te sientas y recorres la aventura de una persona que ha tocado fondo y trata de seguir adelante. Alguien que quiere solucionar un terrible error y se mete en una pesadilla. Eso es muy sencillo. Lo que pasa es que Baby también ofrece a aquel que tenga interés en buscarse a sí mismo, en reflexionar sobre lo que ve, acerca de la vida, del alma humana, una serie de simbolismos y pautas que le darán mucho juego. Baby va directa al subconsciente. Hay secuencias, imágenes, que no las entiende el intelecto, sino que se dirigen a un lugar del alma o como quieras llamarlo. Por eso es posible que las recuerdes al día siguiente de verla o sueñes con ellas. La película tiene diferentes capas. Es entretenimiento puro y duro para quien la vea como una historia de suspense: la aventura de una persona. Es un cuento para adultos, pero también está el mundo de la metáfora, del simbolismo, que me interesa mucho porque me gusta que al ir al cine me remuevan. Como espectador quiero contemplar aquello que luego me hace meditar. Salir del cine y hablar de la película que he visto, reflexionar con otras personas”.

“Ir al cine es una liturgia y también un acto de amor hacia algo que han creado otras personas”

-Se ha referido a las dificultades que tuvo que afrontar para hacer una película como esta. ¿En su carrera ha tenido que dejar a un lado muchos guiones y proyectos personales o al final, de una forma u otra, lo normal es que salgan adelante?
“Hay varias películas que no he podido hacer. Incluso algunas no eran tan personales, sino más bien industriales. He comenzado películas de encargo que luego no se han llevado a cabo porque me encontré con una industria que no es tal. La industria del cine en España tiene graves carencias. No es real, está mediatizada, es muy oportunista y en ella hay demasiados intereses. Ahora mismo, por ejemplo, se ha instalado la ideología, que está haciendo un daño irreparable. Aquí es muy difícil trabajar como en Francia, donde aman la cultura, o como en Estados Unidos, donde aman el talento. En España ni se ama la cultura ni se ama el talento, con lo cual estamos en una situación de indigencia cultural. Aquí lo que importa son las relaciones públicas, lo que dices de cara a la galería, el postureo… Eso es lo que ha hecho que un talento tan extraordinario como el que hay en España se encuentre en agonía permanente. Y parece que así va a seguir porque esto cada vez está peor”.

“A las plataformas digitales no les interesa la cultura o la creación, sino el consumo y adoctrinar a una masa de borregos”

-El auge de las plataformas digitales se ha convertido, en esta pandemia, en hegemonía. ¿Qué nos perdemos al renunciar al cine en pantalla grande?
“En Baby hablo de la desconexión. Hemos desconectado de nosotros mismos, del ahora, de nuestro ser, para conectar con máquinas, para tener paraísos artificiales como el que se aborda en esta película: las drogas. Me refiero al abuso. Yo he tomado drogas y bebo alcohol, y seguro que muchos de los que ahora me leen también. Otros fumarán y otros beberán café. Cuando uno se convierte en adicto, sufre esa desconexión y ese desequilibrio consigo mismo. La sociedad hoy está desconectada y, a su vez, conectada a las máquinas. Una de ellas es la televisión. El cine es lo contrario, porque necesita un acto de aprecio. Debes seleccionar una obra entre muchas otras y tienes que salir de casa y desplazarte hasta el cine, que a veces no queda cerca; has de pagar un dinero; la luz se apaga y debes abstraerte, dedicarle un tiempo, lo más valioso que posees, a la obra de un creador. Es un profundo acto litúrgico y de amor hacia algo que han hecho otras personas. Suelo hablar de la diferencia entre amar y usar. En las plataformas, en la televisión, es uso de la obra. Ir al cine es amor hacia la obra. ¿Qué ocurre con las plataformas? Son una herramienta extraordinaria para mantenernos ocupados, para que no reflexionemos y no tengamos consciencia de lo que ocurre: un totalitarismo comercial. Buscan que los creadores posean cada vez menos valor y estén más al servicio de la ideología del sistema. Las plataformas, básicamente, nos dan ideología y consumo. Nos adoctrinan sin que nos demos cuenta. Dentro de esas plataformas hay grandes obras, sin duda, pero la generalidad no es esa. El cine no es eso”.

“El poder quiere que todos opinemos, porque ahí hay conflicto, pero no que poseamos criterio, que surge a partir de la cultura, de escuchar al otro, de debatir”

-Desde esa perspectiva, las plataformas no facilitarían, como se suele afirmar, mayor libertad creativa frente al cine. Quienes dicen sí o no a los proyectos serían los mismos que están en la industria cinematográfica.
“Efectivamente. Las plataformas coartan la libertad creativa, porque solo programan y propician un tipo de obras que encajan con la ideología imperante. Es un totalitarismo audiovisual. No les interesa la cultura o la creación, sino el consumo y adoctrinar a una masa de borregos”.

-Acudir a un festival de cine como el Isla Calavera y encontrarse con el público cara a cara para presentar una película se ha convertido, en estos tiempos tan extraños, en algo excepcional. ¿Cómo valora esta experiencia?
“Si no fuera por la valentía de algunas personas que consideran que esa liturgia y ese amor a la creación son algo valioso, y siguen adelante del mejor modo que pueden, estaríamos perdidos. Por eso aprecio a los creadores que continúan contra viento y marea, y a este festival, que, pese a las circunstancias, sigue invitando al espectador a un espacio seguro, y también creativo, que el poder en muchas ocasiones trata de llevarlo a la agonía. Para el poder es más interesante que nos quedemos en casa consumiendo televisión o conectados a las redes en lugar de salir y cultivarnos, porque eso genera criterio. El poder quiere que todos opinemos, porque ahí hay conflicto, pero no que poseamos criterio, que surge a partir de la cultura, de escuchar al otro, de debatir. En cambio, nos hemos instalado en la polarización: ricos contra pobres, mujeres contra hombres…”.

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