Cultura

Nelson Díaz Frías rescata la historia de la última esclava de la isla de Tenerife

Se llamaba Rosalía Gómez. Y desde que vino al mundo en Charco del Pino (Granadilla de Abona), en 1801, ya era una esclava por el simple hecho de que su madre, su abuela, su bisabuela y su tatarabuela formaban parte del último eslabón de la sociedad, que les arrebataba la libertad y permitía su venta entre las familias más acomodadas del sur de Tenerife como si se trataran de animales o mercancía.

Con solo 10 años, Rosalía fue apartada de su familia y trasladada a Arona, municipio donde pasaría el resto de su vida al ser vendida a su tercer y último dueño.

Un intenso y riguroso trabajo de investigación realizado por el historiador y magistrado juez decano del Partido Judicial de Arona Nelson Díaz Frías ha permitido rescatar su historia y concluir que Rosalía fue la última persona en Tenerife que sufrió en propias carnes la crudeza de la esclavitud.

El prolijo estudio acaba de ver la luz en el libro Rosalía Gómez (1801-1874), la última esclava de la isla de Tenerife, publicado por la editorial Llanoazur, en colaboración con la concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Arona. A lo largo de 222 páginas, el autor relata unos hechos inéditos que forman parte de la memoria colectiva del sur de la Isla, argumentados sobre documentos oficiales de gran valor histórico.

“Rosalía fue una mujer sin voz, desdichada, que seguramente vivió pensando si alguna vez podía tener algún resquicio a través del cual ser libre. Tuvo tres dueños, el primero Antonio Gómez del Castillo, alcalde de Granadilla a principios del siglo XIX, de ahí que adoptara su apellido, porque era tal el desarraigo familiar de los esclavos y su marginación social que ni siquiera tenían conciencia de su linaje”, explicó Díaz Frías a DIARIO DE AVISOS.

En aquella época la ley consentía comprar y vender personas de origen africano para entregarse en cuerpo y alma a las faenas encargadas por el amo de turno. Disponer de esclavos representaba un signo de distinción social y solo las familias más pudientes contaban con los recursos para comprarlos y mantenerlos. Su valor lo determinaban la edad, el sexo y las condiciones físicas, sobre todo.

“Lo que resulta sorprendente es que hasta el año 1837 la esclavitud fuera legal en España, aunque no hay que olvidar que en Estados Unidos causó una guerra civil 30 años más tarde que provocó un millón de muertos para liberar a cuatro millones de esclavos. Y en el caso de Brasil se abolió a finales del siglo XIX”, recuerda el historiador aronero, que subraya el carácter “doméstico” de los esclavos locales.

La indagación del autor del libro ha permitido conocer que Rosalía tuvo descendencia a pesar de su soltería. En concreto, tres hijos que, como su madre y sus antepasadas, adquirieron la condición de esclavos desde el mismo día que nacieron, pero nunca fueron vendidos por voluntad de su primer y único dueño,  alcanzando la libertad en su pubertad y adolescencia a raíz de la ley abolicionista dictada en 1837 para la Península, Baleares y Canarias, que excluiría a las provincias de ultramar de Cuba y Puerto Rico por razones económicas.

“No sabemos en qué circunstancias tuvo a sus tres hijos, desconocemos si pudo haber sido presa fácil de cualquier desaprensivo sexual, pero no fabulamos sobre si pudo ser forzada o no porque no se ha podido acreditar. Sabemos que fue una mujer servil, sin libertad, desarraigada de su madre y su familia, vendida tres veces, llevada a otro pueblo y a la que le impidieron la comunicación con sus familiares hasta el punto de que desconocía su verdadero apellido”.

El estudio de Díaz Frías determina que la última esclava de Tenerife consiguió con 40 años su libertad y no alcanzaría el estatus de sirvienta hasta tres años después de aprobarse la ley abolicionista. Su nueva condición la adquiriría con su último dueño, José Medina, bisabuelo de Juan Bethencourt Alfonso, reputado médico y antropólogo de San Miguel.

El autor explica que Rosalía acabaría por asentarse al cabo de unos años en una humilde vivienda del caserío de Túnez (Arona), donde murió en 1874. La casa en la que vivió desde los 10 años hasta que fue liberada tres decenios después aún existe en la plaza de la iglesia de Arona y hoy es propiedad de los descendientes de José Medina. En el libro aparece una foto de la vivienda y hasta del cuarto en donde muy posiblemente descansaba la esclava y luego sirvienta Rosalía Gómez.

Nelson Díaz Frías subraya que el factor más sorprendente de los hechos que relata lo constituye la “cercanía temporal” de un caso de esclavitud casi a mediados del siglo XIX.

El azar le reservaba la historia cuando investigaba en el archivo parroquial de Arona.

“Me encontré por pura casualidad una partida de entierro de noviembre de 1874 donde se hacían constar los datos de la difunta Rosalía Gómez, su filiación, su edad… y una anotación realizada por el cura que a mí me llamó poderosamente la atención: “La difunta Rosalía Gómez fue traída como niña esclava a este pueblo”. Me entró la curiosidad y quise investigar quién era aquella mujer, si dejó descendencia y a qué familia sirvió como esclava”.

El segundo factor que acabó por convencer al autor para plasmar la vida de Rosalía y su familia en una publicación fue la extensión que adquiría el hilo del que fue tirando para atar los cabos de la historia.

“Es el primer linaje que me encuentro de esclavos en el que he podido rastrear su ascendencia prácticamente hasta principios del siglo XVII, y además esclavizados por la misma familia de Vilaflor y de Arona generación tras generación. Su retatarabuela es la más antigua de este linaje a comienzos del siglo XVII y los antepasados de esta tatarabuela eran esclavos de origen africano, aunque Rosalía ya era una mujer de raza blanca”.

Pero el destino le guardaba otra sorpresa al historiador nacido hace 50 años en Los Cristianos que le afectaba personalmente. Descubrió que la madre de Rosalía, Úrsula González, y toda su familia materna anterior fueron esclavas propiedad de sus antepasados. “No fue el caso de Rosalía”, aclara, mientras apunta otra pirueta del azar: “Fue muy impactante para mí descubrir que, con seis años, mi primer amiguito de Los Cristianos, con el que sigo manteniendo relación, es un descendiente directo de Rosalía. Quién nos lo iba a decir”.

Díaz Frías subraya que Adeje concentraba el mayor número de esclavos en el Sur debido a que se trataba de un señorío jurisdiccional propiedad del marqués de Adeje. Muchos trabajaban la caña de azúcar, que requería un gran esfuerzo físico. “A día de hoy se sabe en Adeje y también en Los Cristianos las familias que proceden de esclavos de raza negra”, asegura.

¿Pero se podía comparar el sometimiento de estas personas en el sur de Tenerife o en otros puntos de la Isla con la esclavitud que sufrió la raza negra en países como Estados Unidos? El historiador destaca que en España contaban con un grado mayor de protección y los castigos corporales eran menos severos desde que a finales del siglo XVIII el rey Carlos IV prohibió las reprimendas físicas que “causaran sangre”, a diferencia de lo que ocurría en Estados Unidos con los latigazos que han reflejado numerosas películas y series televisivas, “lo cual no impedía que alguna de estas personas pudiera resultar golpeada si desobedecía una orden”.

Ese paralelismo entre las dos orillas le lleva a remarcar que “erróneamente, en el imaginario colectivo de los canarios y en general de los españoles este fenómeno se contempla como algo ajeno que ocurrió en América, cuando en realidad forma parte de nuestro pasado hasta el mismo siglo XIX. En islas como Gran Canaria tuvo un gran peso demográfico”.

Cuando se le pregunta sobre el mensaje que le gustaría que quedara entre los lectores de su última obra, Díaz Frías argumenta que “solo he pretendido darle voz a una mujer que nunca la tuvo y que, por lo menos, pudo vivir la mitad de su vida en libertad a diferencia de lo que ocurrió con todas sus antepasadas, que murieron esclavas. Sin regodearnos en la desgracia o la maldad del ser humano, el libro intenta aportar una enseñanza para el presente y el futuro, que es la de mantener la esperanza en los hombres y mujeres que luchan por una sociedad más justa”.

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