Cultura

Un mural inédito de César, en un túnel del Lago Martiánez

El último regalo de César Manrique se escondía en las catacumbas del Lago Martiánez, en el Puerto de la Cruz. Allí, en un túnel construido por debajo del nivel del mar, que nunca se abrió al público porque se ideó como una solución interna para el funcionamiento de su icónica creación, el genio conejero dejó su huella en un mural inédito que responde a los conceptos plásticos que le confirieron un estilo tan personal como atrevido y que dibujó en su plenitud artística, poco antes de que su obra cumbre se inaugurara en abril de 1977.

Cuando está a punto de concluir el año del centenario del nacimiento del artista, DIARIO DE AVISOS saca hoy a la luz su obra más sigilosa, el mayor secreto del creador, que se ocultaba en el subsuelo del municipio tinerfeño que le abrió las puertas de par en par a su talento y a su arte libre e indómito, cortejador de una naturaleza virgen, libre de los manoseos de especuladores y depredadores.

La galería desconocida de Manrique no constaba en el proyecto del lago portuense y la idea de decorar las paredes de una bóveda sin aparente interés bajo el gran escaparate turístico copado por una espectacular lámina de agua, hamacas y jardines, resultó una sorpresa para su círculo más estrecho de colaboradores. Todo fue producto de la improvisación, ese recurso nacido de la inspiración y solo reservado para los virtuosos, que el conejero manejaba con una formidable destreza.

Una vez culminado el proyecto del Lago, Manrique y los ingenieros de caminos responsables de materializar sus creaciones, Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina, a los que el conejero se refería como su “familia chicharrera”, decidieron acometer como proyecto aparte de la gran piscina la isla central, aún sin definir en aquel momento. Las ideas apuntaban hacia una edificación que representara el modelo de arquitectura canaria tradicional donde predominara la madera y la teja. Lo que no estaba tan claro era la finalidad de la construcción.

Después de numerosas conversaciones a varias bandas, Manrique, Amigó y Olcina optaron por un doble recurso que sorprendió gratamente y que acogió de buen grado el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz: construir un restaurante en la zona superior y una sala de fiestas bajo las aguas del Lago.

Los ingenieros, que se adelantaban al paso que marcaba Manrique a la hora de hallar respuestas a los problemas de logística que surgían, plantearon entonces la construcción de un túnel destinado al suministro de las mercancías para ambos locales. De esa manera se evitaba que los repartidores de alimentos y bebidas accedieran al restaurante y a la sala de fiestas sorteando a los bañistas en las hamacas, una imagen que ponía los pelos de punta al artista, que bendijo de inmediato la solución formulada por su equipo de trabajo.
El túnel, ejecutado por el constructor Luis Díaz de Losada, abarcó desde un lateral de la entrada al Lago Martiánez, en la avenida de Colón -donde se instaló una rampa y una pequeña nave- hasta la sala de fiestas. En total, más de 100 metros de pasadizo submarino (el gran atractivo técnico de la obra) para el desplazamiento de las carretillas móviles cargadas con los palets de productos.

Así lo explicó a DIARIO DE AVISOS Juan Alfredo Amigó, que recuerda la expresión de César Manrique cuando visitó por primera vez el túnel. “Esto está muy frío”, nos dijo, y le comentamos que se trataba de un espacio cerrado al público, únicamente habilitado para los repartidores de alimentos y bebidas. Y entonces empezó a dibujar el que debe de ser uno de los murales más largos del mundo, porque linealmente es enorme, aunque no esté pintado en su integridad”. En esa tarea le secundaron el aparejador de la contrata, Elías Fernández del Castillo, y el encargado de la misma, Antonio Mendoza.

A juicio de Amigó, “lo más importante es que fue una idea espontánea, que no estaba prevista en ningún proyecto y resultó una obra artística plasmada en un lugar nada común. Precisamente, por el sitio en que está creo que no debe de haber otro mural menos visitado”.

El ingeniero, que junto a Olcina trabajó codo con codo con Manrique durante los últimos 25 años de su vida, reconoce que la pintura “es una obra completamente inédita de César, una sorpresa que nadie conoce y un auténtico lujo”.

En el mural, una especie de rúbrica personal del artista a la creación más emblemática de su carrera, abundan los colores teja, naranja, amarillo y negro sobre fondo blanco. Se entremezclan líneas rectas con círculos de varias tonalidades, flechas gruesas que apuntan a varias direcciones combinadas con cifras y fórmulas matemáticas. Como curiosidad, en una de las franjas se iguala el cero al infinito y llama la atención la perfección del ocho acostado dibujado sin que se aprecie dónde está la unión del trazo, señal de que a César no le temblaba el pulso.

¿Pero qué quería transmitir el artista con este guiño a las matemáticas? Amigó lo aclara: “Él bromeaba con nosotros y entendía que obras como la de un túnel submarino, que fue una solución que a él le impresionó, respondía a los conceptos de la “alta ingeniería”, que eran dos palabras que solía repetirnos. De hecho, decía que aquello era un Canal de La Mancha en miniatura. Aunque no era una persona de números, las fórmulas matemáticas que escribió improvisadamente eran su particular homenaje a la técnica y a esa alta ingeniería de la que hablaba”.

Amigó encaja la reacción del maestro lanzaroteño con su principio de “humanizar cualquier obra que pareciera fría”. Además, tal como comprobó su equipo de colaboradores a lo largo de su trayectoria, el gesto respondía a su idea de no descuidar ningún detalle por mínimo que pareciera en el contexto de su obra, ya fuera una papelera, un cartel o una farola.

Amigó reveló otra idea de Manrique para el Lago Martiánez que, por razones de seguridad, no se pudo ejecutar. “En el proyecto estaba previsto hacer unos grandes ventanales en la sala de fiestas sumergida con vistas al fondo del Lago, pero no encontramos en aquella época quien nos garantizara al cien por cien la consistencia de las cristaleras. Cualquier mínimo movimiento sísmico podría provocar una rotura. Entonces decidimos sustituir la idea de los ventanales por la de varias peceras”.

Amigó y Olcina lamentan que tanto el restaurante como la sala de fiestas hayan cesado su actividad desde hace años. “Es una pena que no se aprovechen estas instalaciones que fueron un referente internacional del ocio”, recuerdan. Y es que el prolongado silencio de ambos locales retumba en los oídos de quienes se entregaron en cuerpo y alma a hacer realidad el gran sueño de Manrique en el Puerto de la Cruz, un recinto único visitado y admirado por millones de personas de todo el mundo.

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