Tenerife

El cartero rural, un servicio en peligro de extinción

Lizardo Rosa Campos entregó la correspondencia durante 40 años en El Escobonal y El Tablado / SERGIO MÉNDEZ

Los carteros ya no traen cartas de amor ni el dinero del susidio, más bien todo lo contrario, deudas con los bancos, recibos de la luz y el agua. Sin embargo, el cartero sigue siendo una figura reconocida y querida en los pueblos, en las medianías de la Isla, por el trato casi familiar que se tiene con ellos, aunque ya “no hay necesidad de leerles las cartas a la gente mayor”, relata Lizardo Rosa Campos, cartero durante 40 años desde su pueblo natal de El Escobonal hasta El Tablado, en la costa.

Si no fuera por su reluciente pelo blanco, nadie diría que va a cumplir 66 años, que lleva casi uno jubilado, aunque mantiene su vigor cuidando una finca que entre otras cosas le produce un excelente vino blanco. Casado, sin hijos, Lizardo Rosa, presume de tener una memoria descomunal, lo que se sirvió para realizar con excelencia el trabajo de cartero rural durante 40 años, desde 1980 en que su tío, con 85 años, fue invitado “por el pueblo”, a dejar el cargo, porque “comenzaba a retrasar la entrega de las cartas y la gente comenzó a protestar”, comenta su sobrino.

Entonces en Correos, como en otras empresas públicas, había una dispensa especial a los familiares. Eran los primeros que podían conseguir el trabajo, hasta que con la implantación de la democracia comenzaron las oposiciones, si bien Lizardo pudo mantener su puesto, entre otras razones, porque nadie como él tenía el conocimiento de los casi tres mil habitantes que entonces vivían en El Escobonal, “Yo nunca me fijaba en los nombres de las calles o los números, solo me fijaba en los nombres, porque a casi todos ellos les conocía, aunque a muchos por su nombrete”.

Un nombrente que él mismo porta, El Cuervo, porque “esto parece un zoológico, a todos le ponían un sobrenombre de un animal y yo me quedé con el que le pusieron a mi abuelo Pepe en su día”, sin saber exactamente porque escogieron El Cuervo.
Relata Lizardo que “el puesto de cartero necesitaba no solo conocimiento de la zona, sino también confianza”, al comentar que “llevé a llevar unos 150 susidios de los del Fondo Nacional de Asistencia Social, de las personas que no habían cotizado ni nada. Yo llevé millones de pesetas desde febrero de 1980”.

Esas entregas las realizaba básicamente a pie aunque algunas las hacía con su coche, un viejo Land Rover y luego un Yaris, cuando ya “me pagaban la gasolina por kilometraje, después de 17 años de servicio. Antes tenía que coger la plaza y tú te las agenciabas para hacer el trabajo, con coche o sin coche”.

Su horario comenzó siendo de cinco o seis horas, porque no había que ir a la oficina de Güímar. Ahora, el trabajo de un cartero comienza a las seis y media de la mañana recogiendo la correspondencia en Güímar y termina el reparto a las dos y media de la tarde. Por las tardes hay otros carteros, a media jornada, para las notificaciones.

Los vecinos le mostraron su aprecio con la entrega el año pasado de una foto dedicada / SERGIO MÉNDEEZ

Para Lizardo el servicio en este siglo ha sido más de “cartas de recibos y últimamente de paquetes de pedidos por Internet”, pero recuerda con agrado “la entrega, antiguamente, de cartas de amores y de familias de Venezuela” y sobre todo cuando despachaba los susidios: “Los viejitos se quedaban contentos con el dinerito que les llegaba”, una entrega que siempre se hacía con un vecino como testigo, porque muchos no sabían firmar.
En larga historia como cartero, Lizardo solo recuerda un incidente grave. “Tenía que entregar un giro postal a un francés, en la avenida Bayón, y fui por la mañana y no estaba. Decidí ir a enamorar con mi novia de entonces y que se lo entregaría por la tarde. Dejé el giro en el Land Rover que tenía, pero alguien, que me estaba acechando, se llevó el coche y luego apareció quemado en Arico. Un disgusto muy grande”.

Ese incidente, sin embargo, sirvió para comprobar el cariño de El Escobonal por su cartero: “Mira si me querían que hicieron una rifa y recaudaron todo el dinero que me habían robado para entregárselo al francés”.

“Vinieron -añade- de Madrid a hacerme una inspección, pero como ya estaba recuperado el dinero pude seguir con el puesto”.
Un puesto que hoy, con la política de Correos de no reponer las jubilaciones, no tiene a una persona fija. “Ahora -afirma Lizardo-hay varios que que hacen el trabajo, aunque hay una chica que ya pidió la plaza. Los pueblos son malos de repartir, y más cuando los ayuntamientos cambian los nombres de las calles, aunque yo nunca miraba esos nombres, sino los nombres de los vecinos que ya no son tantos como antes, aunque sí ha crecido El Puertito y Güímar”.

Considera que con el sueldo de un cartero “se puede vivir bien” aunque reconoce que las 16.000 pesetas que cobraba en los ochenta se puede equiparar al sueldo de hoy.

Lizardo Rosa, camino de cumplir los 66 años, se emociona recordando su larga etapa de cartero / SERGIO MÉNDEZ

Lizardo Rosa muestra todo su apoyo a los carteros de Güímar, y de toda la Isla, que se manifiestan contra los recortes de personal: “Como van a suprimir dos plazas cuando los jefes cada vez te aprietan más y no hay tiempo para repartir todos esos paquetes. Les están apretando demasiados”, señala Lizardo, ejemplo de los carteros rurales que hoy, por el Internet y los recortes de Correos, se convierten en una labor a extinguir.

Güímar necesita mantener o aumentar el número de carteros

Sobre la retirada de dos de las 17 plazas que actualmente tiene Güímar, Lizardo reconoce que “es verdad que han disminuido las cartas, pero no así los paquetes, algunos de hasta 40 kilos. Además, Güímar ha crecido en población, con más de 20.400 habitantes”, un dato que esgrimen sus compañeros actuales para mantener e incluso aumentar los actuales puestos de trabajo, para lo que llevan manifestándose más de un mes, con el apoyo de todo el municipio y del propio Ayuntamiento, como recuerda una excompañera de Lizardo, también cartera rural, que por temor a represalias prefiere guardar el anonimato.

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