Sociedad

Tenerife está en riesgo alto y pronto estará en riesgo extremo si no se actúa ya

Tenerife continúa liderando los contagios de coronavirus en Canarias. Sergio Méndez

En Tenerife se han encendido todas las alarmas. Es un caso con pocos precedentes. Pero esta vez, la lucha regional de las instituciones públicas contra la pandemia arroja buenos resultados en todas las Islas menos en una: Tenerife. Y ante la inminencia de las fiestas navideñas, estamos ante una bomba de relojería. Nada hace pensar que en los 10 días que restan para la cena de Nochebuena la curva diabólica de contagios remita y aborte los peores augurios. Estamos ante una grave situación para la población de Tenerife, con evidentes consecuencias nefastas en la economía.
La segunda ola de coronavirus está haciendo estragos en una isla de un millón de habitantes, la de mayor demografía del Archipiélago. El parte diario de nuevos casos ha ido creciendo sin pausa, pese a las estrictas restricciones impuestas, las más duras de toda la comunidad. La pandemia se ha cebado con Tenerife mientras el resto de las islas goza de una suerte de tregua, con esporádicos brotes como los más recientes en La Palma y La Gomera. El problema es Tenerife. La pandemia de Canarias está fuera de control en Tenerife. En Canarias, en las restantes islas, no es descabellado decir que se ha logrado una cadencia moderada de contagios, sostenida en el tiempo, con visos de consolidarse en aras de una suerte de pandemia cero. Por sorprendente y chocante que resulte, la realidad es esta: una isla de entre ocho acapara más del 80% del coronavirus total de Canarias.
¿Qué hacemos? ¿Cruzarnos de brazos y esperar en la puerta de casa a que el virus contamine toda la isla como en una epidemia de termitas imparable? El sentido común nos informa de esta aberración. Tenerife aparenta ser la isla incívica por antonomasia de un archipiélago obediente. Tenerife se consagra como una isla laboratorio para estudiar la propagación del virus en mitad de un archipiélago que constituye un caso de éxito de las políticas oficiales de control y prevención de la enfermedad. Tenerife encarna un caso sociológico, también se ha dicho, pues el comportamiento de sus habitantes, en teoría, dista del que hace gala el resto de las islas. Tenerife padece en intensidad patológica la fatiga de la pandemia a la que aluden los expertos para justificar ciertas anomalías en los resultados de determinados territorios. A Tenerife se le podrían endosar múltiples sambenitos a la luz de esta crisis. Pero nadie puede irse a la cama tranquilo cada noche en Canarias admitiendo que nada más puede hacerse por remediar la escalada de COVID en esta Isla, que lo hecho hecho está y que este es un fracaso simplemente inexplicable o atribuible por entero a la responsabilidad (la irresponsabilidad) de los vecinos de Santa Cruz y La Laguna y de otras localidades de Tenerife renuentes a las medidas de contención. Nadie, absolutamente nadie, puede escudarse en el fatalismo de factores imponderables que no han podido ser determinados y corregidos. Sería una estulticia, un insulto a la inteligencia. Veamos.
La Isla (Tenerife) está en semáforo rojo, prorrogado en el tiempo. Está, igualmente, bajo el régimen de toque de queda. Los aforos y reuniones sufren la más severa restricción de toda Canarias. A la Isla solo le falta ser confinada. Tenerife es, en efecto, un caso de estudio. Pero no solo para concluir (antes de profundizar en las causas) que es una isla insubordinada, prototipo de incivismo y máximo exponente del incumplimiento de las medidas de restricción. Sino para indagar, analizar y hacer autocrítica de las políticas y actitudes. Las unas, con cargo a las autoridades en todas sus instancias. Y las otras, relativas al pueblo, a los ciudadanos, a la gente. Empecemos por estas últimas.
Ha habido una más que evidente relajación en capas de la sociedad. Inicialmente, entre la población juvenil, que protagonizó (y aún protagoniza) botellones sin medidas de seguridad. Las infracciones de esta naturaleza se han ido extendiendo en sectores más amplios de la ciudadanía: juergas, parrandas y fiestas clandestinas de adultos, cuando no veladas sin prevención en clubes de alterne. La condición humana arroja en esta crisis actitudes indeseables que ponen en riesgo la salud colectiva. Es cierto. Pero es cierto, en Tenerife, en Canarias, en España, en Europa, en todas partes. Aquí no cabe detenernos en esta punta del iceberg. Todos los informes hablan de los focos principales de contagio: los encuentros sociales y familiares. Cuesta creer que las familias tinerfeñas sean excepcionalmente las más inconscientes y temerarias de nuestro entorno inmediato. Pero, aun admitiendo que así fuera, cualquier intento serio de abordar este grave problema aconseja preguntarse por los métodos y medios aplicados para controlar los contagios, aislarlos y detectar los contactos más estrechos. Y esta es la segunda pata de toda estrategia plausible para revertir la situación de Tenerife y de Canarias. Pongamos también el foco en ella.
Una de las ventajas de Canarias, en su etapa actual, es que está entrenada como ninguna otra comunidad en la lucha contra las adversidades. Desde antes de 2020, las Islas afrontaron catástrofes y tragedias, que, a la vista de los acontecimientos, se diría que barruntaban un drama de mayor magnitud: una pandemia. Si los accidentes aéreos suelen ser abordados como la consecuencia de una cadena de errores, hagamos lo mismo en este caso. Tenerife se incendia de COVID como Gran Canaria se incendió en sus montes en agosto de 2019. Y necesita de todos los medios contraincendio de esta enfermedad. No significa ello desproteger a unas islas para socorrer a otra. Pero sí implica reforzar, aumentar los recursos para entrar en acción con todas las garantías de parar la pandemia. Se hizo en Gran Canaria este verano y se acertó. se hizo en Lanzarote, en Fuerteventura, en La Palma, en La Gomera, en El Hierro y hasta en La Graciosa.
Llegados a este punto, quizá sin tiempo para encontrar las fisuras del operativo puesto en marcha, no quepa otro plan B que multiplicar los rastreadores y las policías que desplieguen una ofensiva sin cuartel para actuar allí donde haga falta y a tiempo. La experiencia de esta crisis nos enseña que se consiguen resultados cuando se actúa con rapidez y eficacia, aislando los positivos y sus ramificaciones más inmediatas.
El misterio de la pandemia de Tenerife se reduce a un caso bélico. El enemigo se ha hecho fuerte en la Isla y Tenerife se ha quedado sin ejército suficiente para hacer frente al asedio. En la baraja de instituciones, el Gobierno, el Cabildo y los ayuntamientos conforman un trío de ases. Y en sus manos estamos. La Policía desempeña un papel extraordinario en labores sancionadoras y disuasorias. Su presencia ha de ser más visible y numerosa a partir de ahora, en las fechas críticas de Navidad. La dinámica de respuesta rápida de rastreadores para eliminar las cadenas de contagio tiene una trascendencia contrastada en todo el Estado español. La disponibilidad de recursos de alojamiento alternativos para positivos leves o asintomáticos redondea esta estrategia en la recta actual que amenaza los peores pronósticos. Y urge una campaña informativa en calles y espacios públicos para redoblar la conciencia civil. Esta es la tercera pata de toda política contraincendio del virus, a falta de la llegada de la vacuna.
Tenerife está en riesgo alto y pronto estará en riesgo extremo si no se actúa ya. La constitución de un Gabinete de crisis interinstitucional con Gobierno, Cabildo y ayuntamientos es de una necesidad palmaria. La sociedad ha de apreciar en gestos y actos inequívocos que los responsables públicos están seriamente preocupados. Convencerán con los hechos, no solo con las palabras, al menos no a estas alturas de la actual hecatombe. Se ha debido actuar antes con mayor determinación. Pero no es tarde aún para hacerlo a tiempo.
Los medios de comunicación tenemos el deber de informar. Pero también de señalar los riesgos que la sociedad corre si no corrige con rapidez las tendencias que ponen en peligro la supervivencia de todos. Este es un momento crítico para Tenerife. Pero también para toda Canarias, que ha visto estos días como se le cerraban de nuevo las puertas al turismo británico y, desde ayer, de facto, las del turismo alemán. Pero es la economía y es, primero, la salud. Ambas caen por el mismo precipicio. Y es nuestra obligación interpelar, exigir y ayudar a todos, autoridades y ciudadanos, a lidiar este toro, a superar este grave trance, a encauzar nuestra pandemia particular, la de una isla que, por las razones que sea, no consigue embridar a la fiera y al despeñarse arrastra con ella a todo el Archipiélago. Es obligación de todo buen tinerfeño, de todo buen canario, decir en alto esta vez que unamos nuestras fuerzas para salir todos adelante, unos y otros, porque la desgracia de Tenerife es la desgracia de Canarias. Y su salvación, también la de todos.

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