Tenerife

“Aquí han venido abuelas a pedir pan para sus nietos”

Claudia vive sola en El Médano y cada jueves acude a la asociación para recibir su bolsa con alimentos. J. C. M.

“Aquí han venido abuelas a pedir pan para sus nietos. Hace unos días llegó una a recoger la ayuda y nos dijo: ¿Me puedes dar un poquito más de pan, que hoy tengo a mi nietito? Esas cosas te rompen el alma porque no estás preparada. O el caso de una chica en Granadilla que vive con su pareja y cinco niños, que cuando ve que se le acaban los alimentos que recibe de ayuda deja de comer para darle a sus hijos el último arroz que queda; te lo cuento y se me ponen los pelos de punta. Y después están las caras de los niños que llegan con sus padres a recoger una bolsa de comida cuando les entregamos algunas golosinas. Se vuelven locos de contentos: ¡Mami, mami, mira, una chocolatina!, no paran de decir”.

Son solo algunas imágenes del drama social que palpa a pie de calle Ana Fernández, de 43 años, presidenta de la Asociación Virgen de la Esperanza, una ONG creada en 2009 por varias vecinas de San Isidro (Granadilla de Abona), después de que comenzaran a repartir en los mismos salones de sus casas bolsas con víveres a las familias destrozadas por la gran recesión de 2008. Ellas mismas se trasladaban, a primera hora de la mañana, a varias fincas para recoger en sus coches los excedentes de producción y entregarlos a los más necesitados.

Hoy, más de 11 años después, este colectivo liderado por mujeres solidarias mantiene su mano tendida a madres, padres, niños y abuelos a los que la suerte les ha dado la espalda. “Cada vez viene más gente. Nosotros repartimos alimentos y ropa todos los jueves en el local de la asociación y cada semana aparecen cinco o seis familias nuevas que se han quedado sin nada y no reciben ayudas”, explica a este periódico la presidenta de la Asociación Virgen de la Esperanza, colectivo que trabaja de la mano del área de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Granadilla y en coordinación con Cruz Roja y Cáritas para evitar las duplicidades en las ayudas y que estas lleguen al máximo número de personas.

A Claudia, de 57 años y residente en El Médano, la vida le ha molido a golpes. Hace tres meses tocó por primera vez en la puerta de la asociación. Mientras esperaba el pasado jueves sentada en un banco junto a su carrito verde por su ración semanal de leche, arroz, verduras, pan, fruta y productos de aseo, esta ciudadana chilena, que sufrió en propias carnes la violencia de género y que aterrizó en Tenerife en 2002, confesó su drama a DIARIO DE AVISOS: “Llegué a la Isla por amor y aquí me quedé, hoy vivo sola, no tengo ninguna paga, he trabajado fregando platos en restaurantes y limpiando casas hasta que me caí por unas escaleras en 2016 y me quedé con secuelas físicas”, explica. Hoy camina apoyada en una muleta.

Claudia se cansó de ver la cruz entre las monedas que lanzó al aire. Refleja en su mirada el vacío de la desesperanza después de tantos reveses. El último ha sido el que más le ha dolido: su único hijo, de 32 años, que vive en la Isla con su novia, sufrió un ictus hace un mes y se recupera lentamente en el Hospital de La Candelaria.

Claudia se gana la vida cuidando perros en El Médano para poder pagar el alquiler. “Ellos me quieren, todos llegan a casa felices de la vida, yo les doy todo mi cariño, pero lo que ellos no saben es que me han salvado”. Sueña con que un “abogado con corazón bueno me ayude para renovar la tarjeta de trabajo” y califica de “bendición” la labor que presta la asociación que preside Ana Fernández.

Ana Fernández, junto a los juguetes para los más pequeños. J. C. M.
Ana Fernández, junto a los juguetes para los más pequeños. J. C. M.

La necesidad la empuja todos los jueves al pequeño local en el que se almacenan productos básicos procedentes del Banco de Alimentos de Tenerife. “Aquí hacemos algunos amigos y vamos creando una cadena de favores, porque si todos nos ayudamos, todos vamos a tener un pan”, afirma. Lo que más le conmueve son las familias que llegan con niños. “Atender a esas criaturas es la prioridad. Yo puedo aguantar dos días con un par de tés, pero un niño no puede dejar de comer, porque es injusto y no lo entiende”.

A la hora en la que Claudia espera en la cola del hambre en San Isidro, la fila no para de crecer. Una treintena de personas aguarda por sus víveres portando bolsas, cajas e incluso algún carrito de supermercado. No hay muchas ganas de hablar, cada uno mastica su drama en silencio.  Ana y su equipo de media docena de voluntarios no paran de clasificar y distribuir los alimentos que prácticamente copan todo el espacio del reducido almacén hasta el punto de que cuesta moverse en su interior a través de dos diminutos pasillos. “¿Ves cómo está esto lleno de comida? Pues esta tarde no quedará nada? Todo estará vacío”, comenta la presidenta de la asociación.

Por fuera del local se apilan más de medio centenar de juguetes que han sido donados, entre los que abundan los peluches, destinados a los más pequeños. Recientemente, la asociación participó en una iniciativa destinada a niños de 8 a 14 años apadrinados a través de sus cartas a los Reyes Magos. “Había que ver qué mensajes nos encontramos en el buzón. Una niña de seis años pedía unos calcetines, otra no quería nada para ella, solo que se vaya el virus. Parecía una viejita. Y un niño escribió que no pedía más que salud porque estaba enfermo y cada vez se sentía peor”, explica Fernández.

Las bolsas de pobreza infantil y los enfermos de cáncer son las grandes prioridades de esta ONG a la hora de entregar los productos perecederos (plátanos, bubangos, zanahorias, pimientos, yogures, leche…). “A los niños de cuota cero en lista de espera en los colegios para desayunos les damos algo más, ya sea algún bote de leche extra o más galletas para la semana”.

La presidenta de la asociación también cuida el aspecto psicológico en la distancia corta con los usuarios. “Hay personas que llegan llorando a la puerta y te dan las gracias. Es que yo no tengo nada, nunca he hecho esto, me da una vergüenza…, nos dicen. Y nosotros intentamos que la entrega no sea tan dramática, tratamos que el proceso sea lo más natural posible, como quien va a la casa de una vecina a pedir un paquete de azúcar”.

Hay usuarios que le han dejado huella. Es el caso de una joven, madre soltera, que trabajaba en el aeropuerto y que de la noche a la mañana se quedó sin empleo. Entre lágrimas se desahogó con los voluntarios: “No tengo nada, no tengo familia, no tengo a nadie”. Ana recuerda que era un llanto “sin consuelo”. “Le dimos todo lo que teníamos: yogures, natillas, leche… Cuando vio lo que le dábamos, nos dijo: “Dios mío, es que no les conozco de nada”. Ayudar es nuestra misión, le respondimos”.

La asociación detecta a pie de calle una “necesidad enorme”. “Hay muchísima gente desesperada, demasiadas personas con un ERTE o en paro, matrimonios con niños sin cobrar nada… gente que jamás imaginó pedir alimentos, y la ola no para de crecer”, subraya. La cola, por fuera del local, tampoco.

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