Sociedad

No me regales una buena cena navideña, no vaya a ser peor

Un regalo navideño en forma de luz. Sergio Méndez

Hasta hace unos años, había junto a las piscinas de Bajamar un puesto con un señor un poco grueso de bigote y sombrero, no recuerdo si pajizo o cachorro, que vendía plátanos de la zona. “¿Cómo están esos plátanos?”, le pregunté la primera vez que fui, simplemente por decir cualquier cosa. “Son mantequilla”, me respondió. Me gustó tanto la imagen, pensando en el trozo de plátano deshaciéndose en la boca, que la siguiente vez que volví, probé a hacer la misma pregunta: “¿Y cómo están esos plátanos?”. “¿Son mantequilla?”, respondió él de nuevo. Así que, cada vez que volvía a casa de vacaciones y me iba a dar un baño a Bajamar, me acercaba de nuevo al puesto, casi siempre con la misma respuesta.

Un día, el puesto desapareció, pero yo seguí buscando frases reconfortantes, como he hecho toda la vida, por mucho que a veces sean simples exageraciones o falacias. Cuando era pequeño e iba al videoclub , me acercaba al mostrador para preguntarle al dependiente qué tal era la película que había elegido, como si él hubiera sido crítico en ‘Cahiers du Cinema’. “¡Está buena, está buena!”, respondía él siempre, daba igual si le llevaba a Hitchcock o a Eddie Murphy. Y aunque intuía que aquel tipo no tenía ni idea de cine, me la llevaba a casa contento. También me voy alegre del herbolario cuando me duele algo y busco alguna infusión mágica. Yo, que intento ser racional y riguroso en mi trabajo de periodista, disfruto de las buenas historias sobre hierbas y pociones, aunque al final vaya al médico o me haga un análisis casi todos los años.

Ahora ando buscando remedios milagrosos contra la calvicie, con los 40 años recién cumplidos, sumados a los estragos de la pandemia.

-“Supongo que tengo que resignarme a quedarme calvo”, le pregunté a mi peluquero mientras me cortaba el pelo la semana pasada, esperando a que me contara las maravillas de la loción que vende en su peluquería. Tiene un cartel impresionante donde sale un pelo con un aspecto sanísimo cuya raíz parece el mismísimo núcleo de la vida en el planeta.

-“Hombre, siempre puedes intentar detenerlo algo”, me dijo él con una moderación casi sueca.
-”No, si yo uso minoxidilo [un producto estándar que se vende en farmacias], pero estaba pensando en cambiar a otra cosa. ¿Qué tal eso que vendes?”, le dije como si no hubiera pensado demasiado en su producto.
– “Hombre, no hace milagros y es algo más lento que el minoxidilo. Pero te puede ayudar. Vente después de Navidades y hablamos”, me respondió sin venderme maravillas,

Pero no todo el mundo tiene un peluquero que le ponga límites a su necesidad de fabulaciones y autoengaños. Y eso es muy peligroso para una pandemia: estos días he visto nuevos terraplanistas ensanchando el campo semántico del término “conviviente” para demostrar que pueden cenar con casi toda su familia. Cualquier cosa con tal de que la realidad se adapte a nuestro deseo.

Me planteo, con dudas, claro, si el Gobierno autónomo no debería prohibir, con algún tipo de confinamiento puntual, las cenas y comidas navideñas con no convivientes. Muchos seguirán las normas que se han aprobado. Pero otros, lo sabemos bien, no las van a cumplir. Y eso puede ser letal: pocos tienen una terraza, un patio o un jardín para estar vacilando mientras el aire corre apaciblemente.

Una prohibición cuyo cumplimiento apenas se puede controlar es casi un brindis al sol. Es imposible comprobar si en las casas hay solo tres unidades de no convivientes. Apelar al comportamiento cívico de la ciudadanía está bien, pero hace falta mucho más para frenar esa necesidad infinita de goce que tiene el ser humano, a veces a pesar de sus propios límites corporales. Es casi un cambio antropológico. Llevamos décadas de campañas contra el tabaco y seguimos fumando, cientos de anuncios sobre el uso del preservativo y la gente practica sexo con desconocidos sin condón. A cualquiera, si se trata de un deseo, le sobran teorías e historias para justificarse.

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