Sociedad

Sol y salitre para un décimo navideño

Piscinas de Bajamar. DA

A las 8:25 ya estamos todos dejando a nuestros hijos en la puerta del colegio público de Las Mercedes. “¿Qué tal esa lotería? Díganme algo, que tengo que escribir un texto”. “Todavía no te podemos decir”, responde una madre. “Pero yo he comprado doce números”, dice risueña. “Yo, diez, de varios sitios de España”, comenta otra. “Una vez pensé que me había tocado, sentí un vuelco en la barriga hasta que me di cuenta de que me había confundido”, me cuenta un padre.

“A mí, la lotería me evoca recuerdos de la infancia”, me dice un par de horas después el investigador José Carlos Guerra, que acaba de publicar ‘Óscar Domínguez: obra, contexto y tragedia’, un libro estupendo sobre el que lo entrevisto en el Café Melita que hay en la carretera de Bajamar a la Punta, en una mañana radiante de diciembre llena de surferos que ya se han echado al mar. “Son jalones de nuestra vida. Al principio, a través de la radio. Y luego, en la televisión, con las imágenes de la gente brindando con el champán”.

Después de la entrevista, no tengo ganas todavía de volver al centro de La Laguna, así que aparco el coche cerca de las piscinas. Por allí, sentada fumando un cigarro con su perro al lado, está Blanca, que debe estar en los cuarenta. Ha comprado unos cuantos números. Pero el que lo vive de verdad es su padre, que se gastó 600 euros. “Por ahora, ya lleva recuperados 200”, dice cuando el sorteo todavía está en marcha. “Es que coincide con su cumpleaños. Le encanta. A mí también me gusta. Es el inicio de la Navidad, son las voces de los niños de San Ildefonso, tan melódicas, tan inocentes. Es que es bonito”. Dice que el año pasado le tocó a alguien de la zona: “Es un señor mayor de toda la vida, de los que van a coger pulpos. Tenía problemas, el salitre se había comido su casa y él y su mujer estaban viviendo con los hijos. Ese día le cambió hasta la forma de caminar”.

En el banco de al lado está Tomás, ochenta y pico. “Siempre compro el mismo número: 8.198. Una mezcla de costumbre e ilusión. Pero si no ha salido después de que me fuera de mi casa, no he sacado nada”. Tomás estuvo en Venezuela entre 1957 y el 2000, en la agricultura y la hostelería. Un día, estaba comprando lotería y se acercó un señor en un Mercedes y se llevó dos series. “Le tocaron el primer y el segundo premio. Y a los que estábamos ahí comprando un par de números, no nos tocó nada: dinero llama a dinero”. La resignación de los humildes.
Tumbados en la zona de la piscina, Ana y Cristopher pasan de la lotería. Así que no les molesto más. Un poco más allá, Esther ha comprado un décimo, el del trabajo. Tanausú, seis, entre compromisos de un lado y otro. “¿Tantos?”, le pregunta ella sorprendida. “Si estás en un grupo, lo compras, no te quedas fuera”.

La piscina está espectacular y decido pegarme un baño. Dentro, nadando, está Domingo. Fue a la gasolinera de Granadilla a comprar un décimo acabado en cada uno de los números. “Así me aseguro de que me toca algo. Pero esto es como el ñame, que solo lo como por Navidad. Una tradición”.

Ya seco, me voy para casa. Al atardecer, cuando la luz del invierno empieza a apagarse, salgo a la calle. “A mí ya me tocó la lotería, que abrí esta tienda el viernes”, dice Ana, que acaba de inaugurar su negocio de comestibles. Una valiente. “Yo compro alguno, pero mis padres sí que lo vivían, como si uno esperara por la lotería para ver si le podía solucionar algo”, dice Cande tomando un café en una terraza. “No tenía yo ilusión, porque mi marido se murió este año”, cuenta Leonor”. Pero le han tocado 300 euros, aunque 100 van para una amiga que le ha ayudado estos  meses. “Creo que le hacía falta para poner una viga en su casa”.

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