Sociedad

El largo viaje de Abdou, recordando siempre Senegal

Sergio Méndez

“Papi, ¿por qué metes a gente en casa?”, le preguntó su hijo mayor a Abdou Kane después de que alojara durante unos días a varios chicos senegaleses llegados este año en patera a Canarias, igual que hizo él hace 14 años. “Yo simplemente estoy devolviendo la ayuda que recibí de otros cuando llegué a España”, cuenta sentado en el patio de su casa, ahora con 38 años. “Tengo un amigo que dice que, mientras no dejen de saquear nuestros recursos, la gente va a seguir cruzando las fronteras”.

Ha desaparecido el campamento del muelle de Arguineguín, pero el flujo de pateras hacia las islas continúa, porque ahí siguen las múltiples razones que producen la emigración. Por ejemplo, “que en Senegal hay muchos pescadores que ya no consiguen nada. Los extranjeros que faenan en nuestras aguas van a zonas donde no llegan nuestros barcos. Se llevan todo el pescado”, explica Abdou. “También se ha extendido la idea de que ha muerto un montón de gente en Europa por la pandemia, que se necesitan muchos trabajadores. Y como no está habiendo repatriaciones, piensan que este es el momento de venir”.

El mejor reclamo, sin embargo, son los ejemplos de éxito real, como el del propio Abdou. “Puedes decirles que no emigren, pero cuando vas de visita a Senegal y te ven con ropa deportiva, cuando ven las casas que se han hecho allá muchas personas que están fuera…, no hace falta más”. Como los indianos que volvían a Canarias. “Algunas personas regresaron a Senegal, decepcionadas de su experiencia en Europa, pero a una gran mayoría les ha ido mejor. Aquí, los sueldos siempre van a ser más altos”.

Abdou no era pobre: su padre es sastre. Tampoco rico. Era un joven de Diogo, un pueblo agrícola y ganadero a 122 kilómetros de Dákar, la capital de Senegal, que trabajaba de gerente en una panadería de su tío en Meckhe, otro pueblo cercano. “Yo veía que a mi tío, que había emigrado a Italia en los ochenta y seguía allá, le iba muy bien. Yo era el que manejaba el dinero en la panadería, y en la cuenta había 50.000 euros. Y pensé: ‘¿Para qué voy a trabajar para otro si puedo tener yo mi propio negocio”, cuenta. “Aunque no todos los que emigran están bien. Es peor en las ciudades. La agricultura, en los pueblos, siempre da algo de dinero”.

Abdou no quería venir por mar. “No sabía nadar, así que empecé a pedir visados para salir en avión, pero no me daban. Incluso intenté ir a Argentina, porque, en aquella época, se sacaba dinero allá vendiendo en la calle. Pero tampoco lo conseguí”, relata. “Un día, unos amigos que se habían marchado en patera y que me habían animado a irme con ellos, me llamaron desde la Península: ‘Abdou, ayer saqué 150 euros vendiendo, y el día anterior 200’, me contaban. Yo cobraba 100 euros al mes. Empecé a pensar en lo de la patera, mi padre no quería, pero me veía triste, sin comer. Así que consultamos con un brujo, que es algo difícil de entender aquí, pero muy normal allá. Y el brujo nos dijo que el viaje iba a salir bien. Mi padre vendió una vaca. Y con eso y algo de dinero que tenía, compré mi plaza en la patera, que me costó 500 euros”, explica. “Otro brujo me dijo que, antes de marcharme, le comprara una tela a mi madre, pero que no le dijera nada del viaje. Y así fue, le dije que iba a visitar a una tía para desconectar un poco, lo cual era verdad. Pero no le conté el resto”.

Dar con un barco es lo más fácil del mundo. “Son pescadores o gente que se compra uno en plan inversión. Lo llenan y pagan a un pescador que quiere emigrar para que lo lleve hasta Canarias. No es esa imagen de una gran mafia, es otra cosa diferente”. Eran 107 personas en un cayuco de casi 30 metros. Salieron un dos de septiembre y llegaron el siete a Maspalomas. “No tuve miedo. Pensé que, si nos hundíamos, me moriría enseguida porque no sabía nadar. A veces, las olas golpeaban contra el barco y hacían un ruido tremendo, hay que saber pilotarlo bien en esos momentos. Por la noche, cuando estaba durmiendo, llegaban las olas y me despertaban. Eso sí que era muy desagradable. Pero estaba todo muy bien preparado todo, teníamos dos motores, había comida suficiente. La única cosa es que no conseguí ir al baño. Había que hacerlo sentado en una garrafa o atado con una cuerda en una punta del barco. Y no podía. Tuve que esperar a llegar a la comisaría de policía”.

El brujo tenía razón y el viaje salió bien. Tampoco los deportaron, como le ocurrió a otros muchos. En 2006 llegaron 31.000 migrantes a Canarias y se devolvió a 21.216 personas, 5.285 de Senegal. “Después de las 72 horas en la policía y de pasar por el juzgado, estuvimos encerrados, durmiendo en unas carpas. Cuando llegué allí, sí que me deprimí. Nos sacaron a los 18 días y nos llevaron a un avión. No sabíamos si íbamos o no de vuelta a Senegal. El mismo día había aviones que salían para África y otros para la Península. Era puro azar. Pero unos del grupo que eran pescadores, mirando a la posición del sol, se dieron cuenta de que no íbamos hacia Senegal. Al rato, vimos tierra desde la ventanilla, era Europa”.

Un amigo senegalés de su tío, que llevaba años viviendo en Alicante y trabajaba de chatarrero, lo acogió en su casa junto a otros senegaleses para ayudarlos a empezar. “Incluso hizo obras para que pudiéramos estar ahí”.

En aquella época, Abdou se dedicó a vender en la calle. Y desmonta otro tópico: “No trabajábamos para ninguna mafia. Compraba mercancía y luego la vendía un poco más cara para sacar dinero, nada más. De hecho, algunas personas te regalaban 50 euros de mercancía para ayudarte a empezar”. Dice Abdou que él era bueno vendiendo, que es algo que está casi metido en el tuétano de los senegaleses. De hecho, la primera vez que él oyó hablar de viajes en barco a Europa estaba vendiendo café por Mauritania. “Pero un día, en Alicante, tuve un problema con un tipo que quería que le vendiera más barato. Me amenazó con llamar a la policía y salí corriendo. De repente, vi luces de sirenas y la policía me empezó a perseguir. Cuando llegué a la casa, me entró una diarrea tremenda. Y decidí dejar de vender”.

De ahí saltó a trabajar de temporero, otro de esos trabajos duros donde apenas hay españoles. Primero fue la fresa, en Huelva, después de dormir al raso mientras encontraba una finca donde trabajar. Hacía jornadas maratonianas junto a doscientas personas, entre las que se juntaban temporeros de Rumanía, Polonia, Marruecos… A los pocos días, le dijo al capataz: “Termino de trabajar y me pagas, pero yo no quiero morir aquí”, cuenta. Así que se fue a Sevilla. Y de ahí, rumbo a un pueblo de Lleida donde estuvo meses trabajando en una finca de manzanas y melocotones. Y de ahí a la vendimia. Y de ahí, suma y sigue…

En 2009 llegó a Tenerife, enamorado de una chica canaria a la conoció cuando ella estudiaba en Granada y con la que se casó y tuvo dos hijos, aunque luego se separaron. “Si no, no habría vuelto a Canarias”. También consiguió los papeles. Durante un tiempo, volvió a vender mercancía. “Solía estar por la cafetería La Baranda, en el Sauzal”. Hasta que una cocinera de allí le dijo que le diera su CV, porque su marido trabajaba en la refinería. Y así empezó a limpiar tanques. Luego empezó en el HUC, donde ahora trabaja como limpiador. “También me saqué la ESO, para empezar a quitarme el disgusto que se me quedó metido en el cuerpo el día en que mi padre me dijo que tenía que ponerme a trabajar, y que podía dejar los estudios para el verano. Y también tengo el título de técnico auxiliar de enfermería y de vigilante de seguridad”.

-“¿Has sufrido racismo, Abdou?”

-“Sí, claro, bastante. La verdad que mis jefes, hoy en día, me protegen mucho. Y yo me siento más fuerte para contestar. Pero cuando vendía y sufría algún episodio de racismo, me iba a mi casa, no podía aguantarlo, es muy duro. Y yo creo que es ignorancia, gente que no ha viajado nunca, que no ha visto nada de mundo”.

Desde que se marchó, Abdou no ha dejado de estar en contacto con su pueblo. Viaja una vez al año, manda dinero, ropa, ha ayudado en la construcción de varias aulas en un colegio del pueblo, junto a otros migrantes senegaleses repartidos por el mundo. Ahora están centrados en la construcción de un hospital. Y si algún conciudadano muere, ponen dinero para repatriar el cuerpo. También se ha fabricado una casa y ha comprado unos terrenos. Cuando sus hijos se hagan mayores, volverá a Senegal.

Vivir, prosperar, viajar, regresar, volver a salir, estudiar, aprender. La vida. Podría hacerse con visados, de una manera más flexible. Pero nos empreñamos en enrevesar siempre las cosas.

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