Cultura

Juan Cruz: «Jesús de Polanco aportó cordura empresarial a algo básico para convivir: la información»

El periodista y escritor portuense Juan Cruz Ruiz. / DA

Ciudadano Polanco (Debate, 2021) es el fruto de una larga conversación de Juan Cruz Ruiz (Puerto de la Cruz, 1948) con el artífice del Grupo Prisa. Un diálogo que revela la vida, la forma de ser, los encuentros y los desencuentros de Jesús de Polanco (Madrid, 1929-2007). A esa conversación se han unido los testimonios de quienes más cerca estuvieron de él, con el fin de esbozar un retrato de una de las personalidades más conocidas/desconocidas e influyentes de la historia reciente de España.

-El título de este libro, Ciudadano Polanco, puede llevarnos a relacionarlo con el de la película Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) y, de ahí, a la figura del magnate de la prensa estadounidense William Randolph Hearts. ¿Dónde acaban las similitudes? ¿Cuál es la imagen que nos ofrece de Jesús de Polanco frente a la que han dado sus detractores?

“Jesús de Polanco era alguien a quien le importaba que su periódico dijera la verdad sobre lo que estaba ocurriendo. Mientras que Hearts hizo cambiar el curso de la historia con malas artes. Eso no ocurrió con Polanco. Tanto el poder político como los competidores intentaron trasladar a la ciudadanía la creencia de que Jesús de Polanco ponía su poder al servicio de una manipulación. Pero sus directores y todos los que hemos trabajado con él sabemos que su preocupación era cumplir el libro de estilo. Y eso era incompatible con la manipulación. Con este libro he intentado mostrar ese lado rabiosamente periodístico que tuvo el tiempo de Polanco como editor”.

-¿Cuál fue la mayor de esas calumnias que recibió Polanco?

“Una muy evidente fue la que generó el caso Sogecable. José María Aznar, con la complicidad de un juez, y algunos elementos del periodismo de la época, como Jaime Campmany, hicieron una denuncia basada en que Polanco, no el grupo Prisa, sino Polanco, se quedaba con el dinero de los suscriptores de Canal +. Se dijo que era un ladrón. Eso fue a los tribunales, y allí se demostró que el juez que había llevado el caso, Javier Gómez de Liaño, había prevaricado, porque lo que se afirmaba no era cierto. Fue apartado de la carrera judicial y luego indultado por el Gobierno de Aznar, que fue el que puso en marcha esa persecución”.

“José María Aznar y algunos periodistas, con la complicidad de un juez, denunciaron a Polanco basándose en una mentira”

-¿Cómo afrontaba las críticas y las acusaciones?

“Cuando contemplaba todo eso, e incluso llegó a verlo una vez de manera voluminosa en unas carpetas que le enseñó un juez en la Audiencia, decía que se sentía como unas siglas. Que él no era ese Polanco al que se estaban refiriendo. Jesús de Polanco no era un sátrapa, no era una persona que jugara con la verdad o, para conseguir beneficios personales, con las obligaciones que tiene el periodismo. Era alguien muy afectuoso y muy educado. En esa época incluso llegó a asistir a algunas convocatorias a las que también acudía José María Aznar, precisamente cuando estaba siendo juzgado por instrucciones del entonces presidente del Gobierno. Con sus trabajadores era muy afectuoso. Siempre tenía un momento para escucharnos y se preocupaba de la situación de compañeros que estuviesen en dificultades. No era un demagogo; simplemente, era una persona muy educada que, además, como saben muchos tinerfeños que coincidieron con él en el sur de la Isla, en los hoteles que tuvo, se mostraba llano con todo el mundo y con grandes ganas de jarana”.

-Este libro podría entenderse al menos como dos libros, el de las memorias de Jesús de Polanco y el del retrato del fundador de Prisa que elaboran quienes mejor lo conocieron. ¿Cuándo decide retomar esas carpetas que recogen sus conversaciones con él y darle forma a Ciudadano Polanco?

“Un día, justo en el mismo restaurante donde Polanco y Juan Luis Cebrián firmaron, por así decirlo, su compromiso por hacer de El País lo que luego fue, a pesar de las riñas con los accionistas que no querían que el periódico tuviera esa identidad, sus dos hijos varones, Manuel e Ignacio -ya había fallecido su hija Isabel-, me dijeron que les gustaría que yo retomara la idea de hacer un libro. Me sugirieron que podía hablar también con personas de su entorno o que habían trabajado con él. Eso incluía a muchísima gente, entre otros a su abogado principal, Matías Cortés, que también fue su amigo, del que hay una entrevista en el libro que me parece de lo más interesante: es un retrato del poderoso que muere”.

“Los inicios de El País los viví con mucha ilusión; aprendía a ser periodista cada día; una sensación que me dura hasta hoy”

-¿Cómo fueron esos encuentros que mantuvo con el protagonista de su libro?

“Como digo, era una persona muy cordial. Conmigo, quizás por mi origen tinerfeño, tenía tendencia al afecto. No era una persona de filias y fobias, y tampoco de expresar su cariño de una manera empalagosa. En esos encuentros nunca llegó a advertirme de que de un tema en concreto no quería hablar, pero de vez en cuando paraba y me decía: “Oye, ¿y si vemos el telediario? ¿Y si vemos el fútbol?”. A veces se desahogaba, pero jamás dijo nada, ni de otros ni de sí mismo, que fuera indiscreto o dañino”.

-¿Al recoger todos los testimonios que figuran en este libro se ha modificado en alguna medida la imagen que tenía de Jesús de Polanco?

“Lo que ha ocurrido es que me ha llegado gente, que hasta ese momento tenía una idea muy concreta sobre Polanco, mostrándome su sorpresa tras leer el libro, pues ignoraban que tuviera esa forma de ser. Un modo de ser que no solo se explica con sus palabras, sino que tiene que ver, desde mi punto de vista, con la esencia de lo que dice. En aquel tiempo a él no lo escuchaban. Lo único que trascendía eran los insultos y los artículos que se escribían desmejorándolo… De él se afirmó que había dicho que en España no había cojones para negarle un canal de televisión. Pues bien, en una de esas conversaciones que mantuvimos me explicó quién era el autor de esa afirmación y cómo luego le pidió disculpas. De manera que si esa falsedad no llega a desmentirse públicamente, en el imaginario va quedando la imagen de un señor que es un arrogante”.

“Quería que el periódico dijera la verdad sobre lo que ocurría, cumplir el libro de estilo, y eso era incompatible con la manipulación”

-En esta obra hay otra figura que aparece constantemente, Isabel de Polanco, fallecida apenas un año después que su padre. ¿Qué importancia tuvo para la consolidación del grupo editorial Santillana, pero también como alguien muy próxima a Jesús de Polanco?

“De ella dijo una vez la agente literaria Carmen Balcells que no era la hija de Polanco, era Isabel de Polanco. Tenía una enorme capacidad de encantar a los otros por su rigor, por su destreza en el mando, por la modernidad con la que abordó el principal trabajo que tuvo, el de consejera delegado del grupo Santillana, que había fundado su padre. Tuve el honor de trabajar con ella. Y digo el honor porque era una persona altamente honorable que no nos encargaba sino cosas honrosas”.

-Un hito, no solo en la historia del periodismo en España, sino también en la historia reciente de España, fue la creación de El País en 1976. El principal artífice, y usted lo subraya en el libro, fue José Ortega Spottorno. ¿Pero qué papel ocupa Jesús de Polanco en esta aventura periodística?

“Polanco fue como el espigón que pones en el mar. A la ilusión de Ortega él le añadió la cordura empresarial, la capacidad de convertir una idea en un negocio. Y ese negocio era delicado, porque se refería a algo muy importante para la convivencia: la información. Él quería que esa información fuera adecuada a lo que necesitaba este país. Con rigor y sentido común. Esos valores que él tanto apreciaba y también cultivaba”.

“Una vez afirmaron que había dicho que en España no había cojones para negarle un canal de televisión. Era falso, pero nunca lo desmintieron”

-¿Cómo vivió Juan Cruz esos primeros años del periódico?

“Yo estaba en Inglaterra como corresponsal de El País. Al principio como interino y luego ya fijo. Fueron años de una enorme ilusión. Como si estuviera continuamente aprendiendo a ser periodista. Y esa es una sensación que me ha durado toda la vida. Siempre que estoy trabajando, haciendo, por ejemplo, una entrevista, pienso en qué dirá el editor, el redactor jefe, el director… Como si tuviera encima de mi cabeza esa obligación de hacerlo bien. Esa fue la recomendación que me hizo una vez Juan Luis Cebrián. Me iban a enviar a Tenerife a informar del asesinato de Javier Fernández Quesada en la Universidad de La Laguna y yo le pregunté cómo le parecía que tenía que hacer esa información. Él solo me respondió: “Hazla bien”.

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