Sociedad

«Me van a desahuciar, me siento abatido. Sobrellevar esto es difícil»

Santiago en San Pedro, Güimar. Fran Pallero

Santiago Pérez, güimarero, 57 años, y músico de profesión. Perdió su trabajo cuando el Gobierno decretó el Estado de Alarma por la pandemia de la COVID. De eso hace ya, como recordamos, fue en marzo de 2020, hace más de un año.

Desde ese entonces, este vecino del municipio de Güimar se las ve y se las desea para hacer frente a los gastos. Alquiler, agua, luz, y por supuesto, los gastos derivados de la alimentación.

Lleva todo este tiempo sin poder pagar el alquiler de la casa en la que vive, y su casero, “aunque no ha iniciado un proceso judicial” para que abandone el piso, pues es consciente por lo que Santiago está pasando, le pide todos los días que, por favor, deje la vivienda porque la necesita.

“El pago de la luz es el único que llevo a rajatabla gracias al poco dinero que puedo conseguir gracias a mis amigos que me ayudan y me ingresan algo de dinero de vez en cuando. La última vez me dieron 75 euros y yo se los agradezco en el alma porque la verdad es que así es como voy tirando. Le doy prioridad a la luz porque la necesito para vivir y para trabajar. Si me sale algo necesito el ordenador porque es mi herramienta de trabajo”.

Reconoce que esta situación le está pasando factura emocionalmente y que ya no es el mismo de hace poco más de un año cuando tenía empleo y se valía por si mismo para sobrevivir y pagar sus cosas. Ahora pide ayuda a los Servicios Sociales, a los amigos y a los vecinos.

Mi día a día es muy complicado. La falta de trabajo me ha hecho entrar en un estado depresivo que me impide concentrarme. Muchos días no me dan ganas ni de levantarme de la cama. Me siento abatido y, de verdad, que sobrellevar esto es muy muy difícil”.

Dice Santiago que cuando daba clases de música “tenía otro ánimo y o otra ilusión, que su vida ha cambiado mucho. Es frustrante no poder hacer nada de lo que se me da o de lo poco que sé por el dichoso COVID”.

Se lamenta de la pandemia y asegura que parece un bucle que no tiene fin. “Cuando se relajan las medidas vemos los cielos abiertos para poder quedar, actuar y ganar algo de dinero, pero enseguida vuelven a subirnos de nivel y nos vemos perjudicados”.

Santiago es de esas personas por las que preguntas en un pueblo y todo el mundo sabe de quién se trata. Y es que, hasta ahora y durante muchos años, se ha dedicado a dar clase, en las distintas asociaciones de vecinos que quería aprender música o que decidía empezar a tocar un instrumento.

También tiene un grupo folclórico con el que se reúne, dice, cuando las medidas para frenar el COVID se relajan.

“En el grupo tengo un sueldo tan pequeño, tan pequeño, que encima con esta situación no podemos actuar y ellos también están con la soga al cuello. Casi no me pueden pagar. Es la pescadilla que se muerde la cola, no sé cómo salir de esta situación”.

Cuenta a DIARIO DE AVISOS que es “muy bueno pintando exteriores e interiores”, que antigüamente trabajaba pintando casa, pero que ahora mismo no puede estar muchas horas desempeñando este trabajo por motivos de salud. Y es que cuenta que en ocasiones se marea y pierde el equilibrio. No se siente seguro.

“En 2011 me dio un infarto y tengo diabetes. Ahora algo descontrolada. Padezco pancreatitis aguda y además soy disléxico de libro. Hasta hace poco no sabía por qué me costaba tanto leer. Ahora que ya sé que me cuesta leer tanto letras como números, hago un esfuerzo diez veces mayor al que puede hacer una persona normal para no equivocarme”.

Y esto es algo que le preocupa porque sabe que esto le cierra puertas a la hora de encontrar trabajo. Además, los médicos le han dicho que “este tipo de cosas se van agudizando con la diabetes”.

Por estos problemas de salud le han reconocido una discapacidad aunque no recibe ningún tipo de ayuda. Está esperando a que lo estudien de nuevo tras conocer que sufre dislexia.

Los servicios sociales le han prestado tres ayudas de 150 euros para alimentos y productos de primera necesidad y le han otorgado la ayuda de tres meses de alquiler. Él paga 320 euros, pero reconoce que del piso debe “un dineral”. Explica que su casero “ha sido muy comprensivo” y que de lo contrario, no sabe dónde estaría ahora.

Hace más de un año presentó la documentación para recibir el Ingreso Mínimo Vital (IMV), la prestación dirigida a prevenir el riesgo de pobreza y exclusión social de personas que viven solas o que están integradas en una familia sin recursos, pero asegura que aún está esperando.

“He llamado en varias ocasiones y me han confirmado que tienen mis papeles, que están bien tramitados, pero que aún están resolviendo casos del verano pasado. La verdad es que la burocracia va muy lenta. Yo sé y entiendo que hay mucha gente pasándolo mal, pero las personas en mi situación necesitamos hechos y no palabras”.

Lo mismo le pasa con la tramitación para lograr una vivienda social. Ha presentado todos los papeles pero asegura que no ha obtenido respuesta.

Santiago no tiene mucha gente a la que acudir a pedir ayuda. Tiene una hermana y dos sobrinas, pero estas tampoco le pueden ayudar. “Mi hermana tiene a su hija estudiando en Madrid y la verdad es que hace un gran sacrificio para echarle una mano, para que salga adelante. Mi otra sobrina trabaja, pero tiene dos hijos a los que, por supuesto, debe mantener”.

Ante esta situación, que dice Santiago que le “lleva por el camino de la amargura”, pide una vivienda con un alquiler que le fuese fácil de pagar. Incluso está dispuesto a compartir piso. Dice que “cuando uno se ve tan apurado debe recurrir a cualquier cosa para salir adelante”.

Se ofrece como profesor de música, para hacer hacer canciones o arreglos musicales. “Yo hago voces para canciones y sé tocar todos los instrumentos”.

Quiere salir adelante, y así lo demuestra cuando habla, pero reconoce que a veces le fallan las fuerzas.

“La gente no es consciente de lo mal que las personas que estamos en esta situación situación lo podemos estar pasando. No se dan cuenta de que ellos también se pueden ver en esta situación. Desgraciadamente nadie está exento”.

Mientras piensa cómo sobrevivir día a día, y sueña con que suene su teléfono y le den buenas noticias, Santiago tiene la mayoría de sus cosas en el local de ensayo de su grupo. “Solo me falta llevar la cama y la cocinilla”. Algo que se dará, tarde o temprano. Cuando el casero decida, definitivamente, que deje la casa que no puede pagar desde hace un año.

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